El Taller

Es lo que tiene tener un coche añejo, que cada dos por tres te toca ir al taller, aunque también tiene sus cosas buenas, ya que cada vez que pasa la ITV lo celebro como si fuera mi cumpleaños. El taller al que voy está a cuatro calles de la mía, voy más o menos cada dos meses por unas cosas o por otras y siempre que voy está Julián, un chico con el que fui al instituto y con el que he empezado a tontear cuando voy. Es un tonteo inocente, el chico es muy guapo y agradable, incluso alguna vez he pasado por allí por cualquier tontería con tal de verle pero la cosa no pasa de ahí, es más el juego del tonteo; igual él hasta tiene pareja, no lo sé, lo cierto es que yo me he dejado querer y me ha gustado.

El otro día me pasé por allí a última hora de la tarde, normalmente voy por la mañana y pensé que si iba a última hora quizá lo encontrara solo (allí trabajan otros tres o cuatro chicos más). Ese día me había levantado con el chip cambiado, pensando en lo mucho que llevaba sin echar un buen polvo y en lo que me apetecía y pensé que Julián podía ser una buena opción. Incluso me masturbé esa mañana pensando en él y tengo que decir, que no estuvo nada mal. Salí del trabajo pensando en qué haría. Muy sencillo, invitarlo a tomar algo al cerrar. Aunque era última hora de la tarde el calor era insoportable y unos chorretones de sudor corrían por mi cara casi como una cascada, no olía precisamente a perfume y el maquillaje de la mañana debía estar medio borrado. No era nada habitual en mi presentarme así delante de un chico al que quisiera ligarme, pero creo que las ganas de sexo eran tan fuertes que, por primera vez, me dio igual.

Cuando llegué la puerta metálica de la entrada estaba medio bajada, ¿qué hacía? ¿me iba? De eso nada. Me agaché y entré dentro. No parecía haber nadie, hasta que una mano me tocó el hombro. Me giré e instintivamente miré para ver si me había manchado. No. Pero vi como unas gotas de sudor navegaban entre mis pechos. Miré por el rabillo del ojo y los ojos que tenía enfrente eran azules, no eran los de Julián, pero también habían bajado hasta las gotas que tenía entre los pechos. Los miraba tan fijamente que seguramente habría podido contar cuántas gotas había. Nos miramos entonces de frente, era el chico rubio que siempre nos miraba a Julián y a mi cuando hablábamos. Siempre había pensado que me miraba raro. Podía haberme ido pero no lo hice, y ya que estaba allí le pregunté por mi coche y fue hacia la oficina. Me apoyé sobre el capó de mi reliquia y esperé. Crucé las piernas que se quedaron pegadas al instante y aspiré el olor a motor que inundaba la estancia. Me había relajado un poco, el sofoco de la calle había pasado y al menos iba a saber si podía llevarme ya el coche o no. Cerré los ojos un segundo y volví a sentir ese olor. Aspiré fuerte, me hacía sentir bien, me excitaba el olor a gasolina, a motor. No sabría como describirlo. Cuando llegó el chico me dijo que el coche ya estaba pero que convenía mirar el nivel de aceite antes de irme por si había que rellenarlo y así no tener más problemas. Perfecto. Abrió el capó desde dentro sin que yo me diera cuenta y se acercó para levantar la tapa. Se acercó tanto a mi que me sentí un poco intimidada, claro que, yo estaba estorbando justo apoyada en medio de la chapa. Rozó mi muslo con los dedos y metió su mano por debajo del capó, justo a la altura de donde acababa mi falda y no me aparté. Él me miraba de tal manera que en ese momento pensé dos cosas: o bien le era totalmente indiferente o bien estaba tan excitado como yo. Me tenía confundida. Miré hacia su entrepierna, era lo segundo, la tela roja del pantalón de trabajo lo delataba. Yo me aparté y dejé que comprobara el nivel del aceite como parte del juego, del tonteo. Me quedé muy cerca, la mezcla de su olor junto al olor del motor me mantenían excitada.

-Bueno pues ya está-. Eso fue todo lo que dijo. Todo sucedió muy deprisa, se acercó a mi y me agarró por la cintura mientras me besaba. Por supuesto que yo no puse ninguna objeción, aun así él se apartó un poco preguntándome con la mirada si había hecho bien y si podía seguir. Le contesté devolviéndole el beso y pegándome más a su cuerpo. Me apoyó entonces contra el capó y abrí las piernas para que mi falda se subiera prácticamente sola. Lo quería dentro, y rápido, no quería que me hiciera esperar mucho. Él me besaba de forma muy suave pero sin parar. Se frotaba contra mí, lo sentía duro contra mi muslo, pronto tuvo dos dedos sobre mis bragas, frotando mi sexo, apretando la tela entre los dedos y apartándola para tocarme con ellos. Los metió dentro y me los metió en la boca después para que los saboreara. Le quité la camiseta y le mordisqueé los pezones, me llamó la atención el tono bronceado de su piel, que contrastaba con los ojos claros y el liso pelo rubio que siempre llevaba recogido en una coleta baja. El pecho estaba cubierto por un espeso pero corto vello rubio que lo cubría casi en su totalidad, su cara angelical no me encajaba con ese cuerpo que yo identificaba con una masculinidad a la que no estaba nada acostumbrada. Otro contraste. No se parecía en nada a los chicos con los que me había acostado y me resultaba muy excitante. Asociaba ese cuerpo con una masculinidad bruta y en cambio se comportaba de manera dulce conmigo, me acariciaba constantemente y me besaba de tal manera que siempre quería un nuevo beso, no quería que nuestros labios se despegaran. Me bajó las bragas hasta los tobillos y las dejó enganchadas a uno de ellos. Se desabrochó los pantalones y bajó la prenda lo justo para liberar su miembro que botó delante mio haciéndome reaccionar instantáneamente. Empezó a masturbarme con una mano mientras con la otra acariciaba el grueso pene que acababa de presentarse ante mi. Aparté su mano y seguí yo masturbándole, gemía y cerraba los ojos mientras yo le tocaba, con la mano libre liberó entonces mis pechos, los besó y los tocó hasta que ya no aguanté más y le pedí que me la metiera. Me dio la vuelta y apoyé las manos en el capó, acercó el miembro a mi abertura mientras la acariciaba y abría a la vez. Le costó entrar, era muy grueso. Él era consciente de ello y a pesar de mi excitación y su paciencia no consiguió meterla a la primera. Me sentí avergonzada, en el momento de máxima excitación todo se iba a la mierda, pero él enseguida me tranquilizó. Fue besándome desde la boca hasta los labios del coño, me comió tan bien, que me corrí antes de lo que hubiera imaginado. Tendida sobre la chapa, con las piernas abiertas y las rodillas dobladas como si estuviera en el ginecólogo aprovechó para aproximarse de nuevo, empujó de forma firme pero con suavidad y lo tuve dentro al fin. Apoyó sus manos en el capó y comenzó a moverse dentro de mi, primero dentro y fuera, para probar nuestra sincronía, para ver cómo nos acoplábamos. Dejé escapar un quejido seco al sentirlo dentro por completo, se movía entonces con fuerza dentro de mí, me sentía atravesada pero plena, muy satisfecha. En esa posición era fácil centrar todas mis sensaciones en como me penetraba, él estaba fuera de sí, como si hubiera conseguido aquello que había deseado con todas sus fuerzas, gemía y suspiraba y entre gemido y gemido me besaba. Me dio la vuelta y me penetró entonces desde atrás, me tumbó sobre el capó y se tumbó sobre mi follándome despacio, sólo con la punta, mientras me acariciaba la nuca, mientras besaba y mordía mi oreja… Poco a poco fue separando su pecho de mi espalda y aumentando el ritmo de la penetración de nuevo. Me encantaba. La fría chapa aplacaba el calor que yo sentía, el calor de fuera, no el de dentro.

-Siempre había querido follarme a una pija como tú-.

Yo me reí, en realidad yo también quería follarme a un chico como él, tan distinto a lo que estaba acostumbrada. Se abrazó fuertemente a mi mientras se corría, me dejé caer sobre el coche mientras el chorro de semen descendía sobre mi pierna derecha y su cuerpo caía satisfecho sobre mí.

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