Stella W.

“A Eric ya no le dolían las muñecas, tenía todavía las marcas de las ataduras, pero ya no le dolían. Hacía días que lo habían liberado y lo dejaban campar a sus anchas por la cubierta del barco pero seguía siendo un prisionero. Habían asaltado su barco y robado todo el cargamento, las especias, las telas, los víveres. Nadie había sobrevivido, nadie excepto él. Había luchado hasta la extenuación. Y él, formado en el arte de la esgrima desde que era un crío, tuvo que rendirse ante Stella W., una leyenda de los mares bravíos que surcaba día tras día desde hacía años. Y era leyenda para él, precisamente porque había oído hablar sobre ella y su decrépito barco tripulado exclusivamente por mujeres, pero nunca lo había visto. Nunca se había sentido atemorizado por la idea de ser asaltado por mujeres pirata. Había perdido cargamentos con los que comerciar, había perdido hombres en la batalla; pero nunca, nunca, había perdido su honor. Había perdido hasta su barco, pero lo que más le dolía era que ella le había perdonado la vida, pudiendo haberlo atravesado con su espada, le había mirado a los ojos y envainó la espada dándole la espalda, y lo peor era que él no había sido capaz ni de intentar golpearla. No sabía por qué pero se había sentido dominado por esa mujer desde el primer momento, se sentía humillado. Había luchado contra él como una fiera, utilizando sólo la mano derecha, la de la espada. La izquierda estaba enguantada. Si la leyenda era cierta, debajo de ese guante había un garfio de acero.

No hablaba con las chicas, procuraba pasar desapercibido, sólo se limitaba a darle las gracias a Ellen cuando le traía algo para comer. La comida era sabrosa, mucho más que la que saboreaba en su barco, pero no era capaz de apreciarlo. Tenía tal nudo en la garganta que la comida le sabía a la madera del plato. Si cerraba los ojos era capaz de percibir el olor del azafrán que había sido robado, le disgustaba ese olor, pero era uno de los olores peculiares de su barco, le hacían sentirse como en casa, así que en ese momento le produjo una sensación agradable. Pero lo que más le hacía sentirse bien era ir a la proa del gran barco y aspirar el olor salado del mar, ese manotazo de humedad salina que le golpeaba la cara con cada embestida de la quilla contra las olas. Por las noches dormía acurrucado en una maraña de velas viejas y rotas, envuelto en ese olor que le hacía sentirse vivo cada día.

No sabía cuánto duraría la travesía ni hacia donde se dirigían las chicas, suponía que navegaban hacia algún puerto clandestino donde comerciar con la mercancía robada. Tampoco se había planteado qué harían con él. Las ampollas de las manos estaban ya casi curadas gracias al vinagre y los vendajes que le proporcionaba Ellen cada mañana. Supuso que era la cocinera, por el olor a fogón y a pescado crudo que desprendía. Estaba tuerta y tenía unas manos ásperas y grandes, pero tenía una sonrisa bonita. Se sentía tranquilo cuando ella se acercaba.

En cambio Stella le inquietaba. Siempre la veía en la distancia. Solía estar en el timón o caminando por la cubierta pero no se acercaba mucho donde él estaba. Por las mañanas, cuando se despertaba y la erección de su miembro era lo primero que le hacía tener conciencia de sí mismo, incluso antes que la quemazón que tenía en las palmas de las manos cicatrizando, solía verla en la torre de vigía mirando hacia el horizonte. A veces la sorprendía mirándole fijamente, le sostenía la mirada igual que el día que le perdonó la vida, su erección se intensificaba y notaba su miembro erguido y tieso como el mástil central de aquel barco sobre el que ella estaba posada, y entonces deseaba que ella también se deslizara a través de su mástil. Metía la mano dentro de sus pantalones, ansioso por tocarse, desesperado, pero las manos le ardían y el dolor hacía que el deseo que sentía fuera una tortura para él. De nuevo el cañón había perdido la mecha aun estando cargado de pólvora.

Una mañana Ellen no le trajo vendas ni vinagre, sólo las gachas del desayuno. Sus manos estaban curadas. Se acercó Stella al rincón de las velas viejas, donde él descansaba. Nunca la había vuelto a tener tan cerca como el día en que sólo les separaba la longitud de la espada. Le ponía nervioso, la deseaba y se sentía contrariado por ello ya que no era bonita precisamente, y probablemente estuviera tullida. Cuando estaba en tierra se movía por las mismas calles que las ratas, por las tabernas más oscuras y mugrientas. Estaba sugestionado por esa imagen que había creado en su mente, aunque, en realidad no había visto nada de ella. Lo que sí había visto era una esbelta joven, capitanear una jauría de lobas de mar, ágil en la lucha, templada y valiente que además lo había humillado perdonándole la vida.

-Ésta noche dormirás en mi camarote.-dijo. Y se dio la vuelta y desapareció como un rayo.

Agradeció el baño al que fue invitado, agua caliente para limpiar la mugre que ya lo cubría y hacía que su ropa se pegara a él como una segunda capa de piel. Le dieron prendas limpias y le hicieron pasar al camarote.

-Siéntate encima de la cama-. Dijo ella. Y él obedeció.

Ella estaba sentada estudiando mapas en la mesa, concentrada, él se sentía ignorado, pero no se atrevía a mediar palabra. Estaba excitado y aunque no se atreviera a mirarla directamente se sentía observado y sabía que de vez en cuando ella lo miraba. Entonces se levantó, caminó decidida hasta que estuvo frente a Eric que levantó la mirada para contemplarla. Sintió el mástil erguido y la vela desplegada. Ella era preciosa. Desató los cordones del corsé que oprimía sus pechos y se quitó la blusa, bajó sus pantalones y se quedó frente a él completamente desnuda. Entonces vio el garfio. Era verdad. Brillante y de punta amenazadora, amarrado con cuero al muñón de su muñeca izquierda. Sólo estaba cubierta por un pañuelo negro en la cabeza que dejaba al viento una preciosa melena negra azabache. Los pechos turgentes apuntaban directamente a los ojos de Eric que quería devorarlos de un solo bocado. Ella se sentó a horcajadas sobre él y le rodeó la nuca con sus suaves brazos, olía a limón, hundió la cara entre sus cabellos para aspirar el olor de aquella mujer que se restregaba contra su miembro. Se besaron, se saborearon mutuamente mientras ella le iba quitando la ropa con los dientes. Le tumbó sobre la cama y recorrió con el garfio el miembro de Eric que se estremeció con el tacto frío del metal, lo iba alternando con el calor de su boca, lo chupaba y succionaba y lo envolvía entero con la lengua y después volvía a acariciarlo con su apéndice de acero…”

…piratas, garfios…. y mucho más

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