Criadas y mamadas

“No había mucho porvenir para una chica como yo en el pueblo donde había nacido, así que tuve que salir a buscarme la vida fuera. Después de varios trabajos temporales en una pastelería y cuidando niños, había encontrado un trabajo estable sirviendo en casa de una adinerada familia. La “Gran Casa”  se encontraba a las afueras de una gran ciudad, era un sitio muy tranquilo, retirado del barullo de la capital pero con más casas del mismo estilo alrededor. La señora Rosa no tenía oficio conocido. El señor, abogado de profesión, se llamaba Carlos y trabajaba en un bufete en la ciudad, pasaba horas trabajando en su despacho, era amable y cercano pero no se relacionaba mucho con nosotras. Tenían dos hijos; Elena, que desde que la conocí hace varios meses no sabía hablar de otra cosa que no fuera su futura boda y su futura vida  en común con el joven socio de su padre, y Jaime, que estudiaba medicina en otra ciudad y sólo lo había visto una vez. Isabel y yo hacíamos las labores de la casa, prácticamente de todo. Isabel era del sur, siempre alegre y risueña, chocaba con mi carácter discreto y callado. Dormíamos en habitaciones contiguas, en el tercer piso de la casa, que normalmente estaba sumida en un tétrico silencio por las noches, lo único  que se solía escuchar  eran los profundos ronquidos que emitía la señora un rato después de haber engullido su ración de somníferos… Yo solía conciliar el sueño enseguida, pero una noche  escuché un ruido que no era habitual. Parecían ¿gemidos?, no estaba segura. Me incorporé en la cama y me levanté muy despacio, me acerqué a la puerta sigilosamente y abrí, entonces el sonido se perdió. Volvía derecha a la cama cuando volví a oírlo, me giré hacia la pared y me quedé fijamente mirando a la puerta que separaba mi habitación de la de Isabel. Cuanto más me acercaba, más se acercaba el sonido… La puerta estaba siempre cerrada, pero el ojo de la cerradura era lo bastante amplio como para ver lo que había al otro lado. Me asomé cual mirilla y quedé estupefacta al ver a Isabel engullir el miembro del señor. Estaba de rodillas en el suelo mientras de su boca salía y entraba aquel falo enorme una y otra vez, daba la impresión de que se iba a ahogar, pero ella en cambio se encontraba muy cómoda como si no hubiera manera de hacerla parar. Cuando por fin bajó el ritmo, se sacó el miembro poco a poco y llevándose la mano a la boca se limpió con el revés para lamerse después. La leche le había rebosado por la comisura como si hubiera bebido con ansia de un tazón…

Al día siguiente actué como si no hubiera pasado nada. Ahora me percataba de las miradas que cruzaban Carlos e Isabel, de cómo la miraba el trasero cuando se agachaba, de cómo bajaba ella la mirada de forma felina cuando se cruzaban por el pasillo. Esa noche volví a espiarles por el ojo de la cerradura, él estaba untando a Isabel con algún tipo de crema, parecía algo comestible porque acto seguido comenzó a lamerla, no dejó un rincón de su piel sin probar hasta que terminó devorándola entre las piernas. Después se tumbó sobre ella y la embistió hasta quedar exhausto sobre su cuerpo. Mi sorpresa se había transformado en curiosidad, y mi curiosidad había desencadenado un hormigueo entre las piernas. Metí la mano dentro de las bragas y me encontré empapada y con una hinchazón que necesitaba aliviar. Allí mismo, sobre el suelo, abrí mis piernas y froté los dedos contra mi clítoris hasta que estallé de placer. Llevaba tanto tiempo sin hacerlo…¿por qué habría dejado de masturbarme? A partir de esa noche volví a hacerlo con más frecuencia, me gustaba tomarme mi tiempo, acariciarme la suave piel de entre los muslos y después jugar con el clítoris con los dedos humedecidos por la saliva. A veces me metía un dedo dentro, a veces dos…pero siempre me corría, algunas veces era un orgasmo breve, y otras  notaba calambres en las piernas y no era capaz de levantarme hasta pasados unos segundos…”

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