El modelo

1 Abr

“Llevábamos ya un tiempo viviendo en París, y parecía que ésta iba a ser nuestra ciudad definitiva. Mi madre se dedicaba a hacer arreglos de costura y mi padre era pintor. Decía que ésta era una ciudad con muchas oportunidades y que era un buen lugar donde cursar mis estudios sobre arte y literatura cuando llegara el momento. Todavía faltaba un año para que llegara ese momento. El haber cambiado tantas veces de escuela, me había hecho una muchacha errante, no solía relacionarme mucho con mis compañeros ni con la gente en general; me pasaba el día ensimismada leyendo libros. Me encantaban los libros que contaban historias sobre otras personas; historias de amor, aventuras…era mi manera de relacionarme con esas personas, a través de las páginas yo podía saber todo sobre ellos, cómo se sentían, en qué pensaban…
Me gustaba volver a casa paseando, me fijaba en la gente y me imaginaba sus historias; la dependienta de la sombrerería que siempre estaba triste, el joven que repartía los periódicos e iba esquivando el tráfico con su  bicicleta…
Por las tardes solía ayudar a mi padre en el taller, le ayudaba a preparar las mezclas, a montar los lienzos e incluso preparaba el té para las modelos mientras esperaban. Mi padre era muy concienzudo y estricto con su trabajo y no le gustaba ser observado mientras trabajaba, así que cuando comenzaba los primeros trazos yo tenía que esfumarme del taller. Lo que no sabía era que yo solía quedarme a observar. En algunas ocasiones ellas posaban desnudas, había algunas escuálidas pero había otras realmente bonitas, con las curvas perfectamente marcadas, parecían auténticas esculturas.
Venían pocos hombres al taller, y nunca me habían llamado la atención más allá de lo normal, eran modelos que venían un rato a casa y punto. Solían venir hombres de dinero para que mi padre les retratara, pocos venían a posar por dinero como hacían las mujeres y eran más bien parcos en palabras, así que no me sentía atraída por sus historias. Hacía unos días que había empezado a venir un joven  nuevo, había estado hablando largo rato con papá y parecía que pronto iban a empezar el trabajo. El primer día que lo ví se marchaba ya cuando yo entraba a casa; no era tan  alto como la mayoría de los parisinos, pero tenía unos brazos fuertes e iba muy bien vestido. No creo que tuviera más de 25 años, pero aparentaba una vida bastante acomodada. Yo solía pasar desapercibida, pero cuando entré en casa me fulminó con la mirada, me quedé paralizada. Esa noche no pude conciliar bien el sueño.
Al día siguiente volví pronto y estuve ayudando a mi padre en el taller, me habló de su nuevo modelo, un joven de las afueras que había heredado recientemente la fortuna de su padre. Iba a posar desnudo, no era muy usual. Antes de que llegara él yo ya me había esfumado, bueno me había colocado en mi escondrijo entre las cajas del fondo del taller. Tenía verdadera curiosidad por ver el cuerpo de aquel joven. Se desnudó con mucha naturalidad, como si estuviera acostumbrado a exhibirse y se tumbó sobre el viejo diván que había en el taller. Me quedé impresionada al ver su miembro. Nunca había visto nada igual. Siempre que había visto el pene de algún hombre, orinando en plena calle o mostrándolo en público sin más, me había parecido algo muy grosero.
Esta vez era diferente. Su cuerpo me pareció hermoso, era desgarbado y se movía con mucha gracia. El vello le cubría ligeramente la  piel, no era pálido como muchas de las modelos femeninas, y todas las líneas a su cuerpo perfectamente marcadas, parecía estar dibujado. Y luego estaba su sexo; era grande y al verlo moverse cuando caminaba me pareció que tenía vida propia allí entre sus piernas. No pude quedarme a observar toda la sesión. Salí con sigilo del taller y subí a mi habitación, me había puesto muy nerviosa. Me había ruborizado y sentía un hormigueo extraño entre mis piernas. Como si quiera librarme de aquella sensación  me llevé la mano a la entrepierna y la noté muy húmeda, mis dedos se deslizaron solos y noté una sensación agradable. Empecé a tocarme por el resto del cuerpo notando cada vez más calor. Me asustó aquella sensación y paré cuando empecé a jadear. No sabía qué me había pasado.
Al día siguiente volví a bajar al taller a la misma hora. El escultural modelo estaba allí recostado en el diván, mirando hacia ninguna parte, parecía distraído mientras mi padre sólo tenía ojos para los lápices y el carboncillo. Esta vez la sesión duró bastante rato y él se levantaba de vez en cuando para estirarse y cambiar de postura. Entonces me vio. Volví a recibir aquella mirada de nuevo y mi cuerpo se paralizó. Esbozó una ligera sonrisa, quizá al sentirse observado, no parecía importarle. Cuando llegué a mi habitación esa tarde me quité la ropa apresuradamente y me tumbé encima de la cama, acaricié la hinchazón de mi sexo y esta vez continué hasta el final…”

… ¿quieres saber como continúa mi historia favorita?

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