Buenos días

11 May

Me da pereza el sexo mañanero. Me da pereza casi todo por la mañana, bueno, más bien todo. Entreabro un ojo para ver por el pequeño hueco que queda bajo la persiana, todavía no es de día pero los rayos de sol ya empiezan a brillar. Me duele el cuello, será la postura. Tengo el brazo derecho atrapado bajo mi cabeza, inmovilizado de tal manera que siento un hormigueo en parte de la mano y el antebrazo. Aunque ya estoy despierta, cierro de nuevo los ojos y soy consciente del resto de mi cuerpo. Mientras,  otro cuerpo calienta mi espalda, está muy pegado y su miembro me está rozando. “Siempre son buenos días para él”, me digo, sonriendo. Muevo mi brazo y con ello ligeramente el resto de mi cuerpo, el cuerpo pegado a mi espalda vibra también y empiezo a notar suaves caricias en mi nalga. Su mano alcanza mi cadera izquierda pero mi nalga sigue recibiendo caricias por algo que no es un dedo. No, no es un dedo, pronto me doy cuenta. Gruño pero me dejo hacer, su mano ha alcanzado mi vello púbico y lo acaricia despacio, penetrando en él. Se está pegando más y más a mí, noto ahora su respiración un poco más profunda y rápida calentando mi nuca. Respira al mismo ritmo que se frota contra mi culo, me estoy poniendo cachonda por momentos pero prefiero seguir fingiendo que todavía estoy dormida. Empieza a besar mi cuello muy despacio, apartando mi pelo y marcando con sus labios un camino que empieza y acaba en el mismo sitio. Sigue frotándose contra mi, empieza a gemir, ¿intentará penetrarme dormida? ¿o sabe que estoy despierta? Yo sigo disimulando, tengo experiencia en orgasmos silenciosos, confío en seguir así un ratito más pero no, mi cuerpo, de forma involuntaria me ha delatado. Mi culo se frota contra él casi sin darme cuenta, en un movimiento lento y muy suave, pero suficiente para mantenerlo alerta. Su miembro está cada vez más duro, puedo sentir su firmeza solo con rozarme la piel; ahora que ya sabe que estoy despierta intento que me penetre, así que acerco mi culo más hacia él, mostrándole mis intenciones, pero no parece querer seguir por ahí. Se ríe porque ya sabe que estoy despierta. Me río yo también y me giro para besarle y acurrucarme contra su pecho. Yo todavía estoy perezosa, él ya está completamente alerta.

Continuamos besándonos y se coloca sobre mí sin aplastarme, se aparta y se queda sentado sobre las rodillas, mirándome. Lo miro dubitativa y comprendo enseguida, va a despertarme por las buenas. Tira de la sábana con violencia, hasta que acaba tirada por el suelo y se coloca frente a mi coño, parece que se está poniendo cómodo. Me mueve, tira de mí para que estemos tumbados a lo largo de la cama, en diagonal, así puede tumbarse abrazando mis muslos. Comienza a besarlos, muy despacio. Me dice que qué suave estoy ahí abajo y me estremezco. Empieza a introducir un par de dedos dentro de mí mientras sigue besando y acariciando mis muslos, después la lengua ya está sobre los labios. Saca los dedos y continúa el trabajo solo con la lengua, me abre en dos partes, lame cada una de ellas y vuelve a empezar. Ahora por arriba, da vueltas a mi clítoris y vuelve a empezar por abajo. Miro hacia abajo y sólo veo su pelo castaño. Ahora sube un poco la cabeza y puedo ver como brillan sus ojos. Me lame entera, me besa, me come. Ahora un poquito más fuerte, demasiado deprisa. Estoy gritando. Me duele un poco, está muy sensible porque anoche nos pasamos tres horas follando. Me duele pero me da placer, me estoy mordiendo el labio y clavando las uñas en el colchón. Ahora va más suave, sólo me roza con la punta de la lengua, pero ha vuelto a meter dos dedos dentro. Los mueve en círculos, sabe que eso me vuelve loca. Indice y corazón, los dedos mágicos. Ahora se mueven hacia fuera, presionando hacia arriba. Estoy muy cachonda y a la vez me estoy meando, dicen que los orgasmos con la vejiga llena son más intensos. Me relajo y me dejo llevar de nuevo. Él sigue, no cesa, ni siquiera ha dejado de lamer mi clítoris. Vuelve entonces al ritmo anterior, a la succión alterna con suaves pasadas de lengua. Me tiene agarrada como si me fuera a escapar, pero a la vez me siento más libre que nunca. Gimo sin control, mi respiración entrecortada delata la llegada del orgasmo, que intuyo, será brutal. Me dejo ir, me agito sin querer con una violencia que no altera a mi contrincante sino que hace que esté más y más concentrado ahí abajo. Extiendo los brazos hacia atrás mientras me corro irremediablemente, él para por fin y se abraza a mis empapados muslos que chorrean ya hasta mojar las sábanas. Buenos días.OLYMPUS DIGITAL CAMERA

Tza-Tza

29 Abr

TZA-TZA

Las gafas empezaban a escurrírsele a Irene a través de su nariz. Las subió mientras levantaba la cabeza y buscaba con los ojos el mechón distraído de Matteo. Llevaba varios meses visitando cada tarde la terraza de ese restaurante para tomarse un capuccino y disfrutar de las vistas. Llevaba allí desde octubre pero había tardado un mes en descubrir el atractivo que despertaba aquella terraza en concreto. El tiempo otoñal le dio un encanto a las primeras semanas, la soledad de empezar de nuevo en una ciudad desconocida se llevaba mejor con la compañía de todas las personas que atravesaban una de las plazas peatonales más transitadas. Su beca de estudios duraba todo el curso y, sumado a la poca habilidad para establecer nuevas relaciones debido a su timidez no era el típico plan para una estudiante de Erasmus en una de las ciudades con más encanto de Italia. Cualquiera se hubiera apuntado a clases de cualquier cosa con tal de conocer gente e integrarse, pero en vez de eso, Irene cambiaba planes con tal de pasar una hora leyendo y saboreando un café en esa terraza. Una tarde de invierno, cuando apenas había gente ni paseando ni pasando por allí, algo despertó más atención que su libro: el camarero. Hablaba un Italiano con un acento muy pronunciado y le costaba entenderle, así que se limitaba a sonreir y agachar la cabeza ruborizada ya que la ponía muy nerviosa. Él hacía verdaderos esfuerzos por hacerse entender, pero Irene no daba pie a una conversación porque las palabras se le quedaban atrapadas en la espuma de la leche. Le gustaba el capuccino caliente porque así tardaba más en tomárselo, soplaba y miraba hacia las otras mesas, miraba como se movía, como sonreía, y volvía a mirar hacia la plaza. Volvía de nuevo los ojos hacia él, llevaba un vaquero ligeramente ajustado justo debajo del lazo del delantal, y siempre iba con una camiseta negra que le quedaba ligeramente holgada, perfecto, no era necesario porque ella trazaba el contorno de su piel a golpe de imaginación, de eso no andaba escasa. Aun así,  era su sonrisa lo que la tenía enganchada.

No sabía porqué, pero había dos cuartos de baño en el local y uno de ellos a veces estaba cerrado; estaba en el piso de abajo y una tarde se convirtió en un improvisado escondite donde pudo recomponerse durante unos minutos. Esa vez la sonrisa se había detenido delante suyo, a un escaso metro de distancia. Había levantado la mirada y se sintió clavada a la silla, paralizada, acalorada y ruborizada. Frotó sus muslos entre sí y notó la facilidad con que estos deslizaban. Estaba empapada. Volvió a mirarlo y seguía allí, con su mechón de pelo castaño y una cuidada barba que envolvía los dientes que, pieza a pieza, componían aquella irresistible sonrisa.

¡Menos mal que estaba allí refugiada en el baño! Casi se cae por las escaleras, nerviosa, acalorada y con esa facilidad de movimientos que otorgaba la lubricación extra que manaba de su entrepierna. Había un pequeño sillón en la estancia y se sentó en él casi dando un traspié. Abrió las piernas y levantó su falda mientras apretaba la mano derecha contra sus bragas, sintió la presión contra su sexo y soltó aliviada para apretarse de nuevo mientras era observada por los tranquilos pájaros que decoraban el azul papel de la pared. Estaban colocados en pareja, mirándose los unos a los otros, aunque ella estaba segura de que alguno miraba de refilón como calmaba su deseo a golpe de dedos. Cuando se recompuso, se lavó las manos y la cara y se miró en el gran espejo que cubría casi por completo la pared. Tenía las mejillas sonrosadas y todavía temblaba un poco al caminar. Apenas se había recompuesto de aquello cuando, al salir, se cruzó con Matteo subiendo las escaleras. Miró hacia arriba mientras él bajaba y se fueron a cruzar justo en la curva de la escalera, donde los escalones se tuercen y el espacio es más reducido. Sintieron la madera crujir bajo sus pies cuando sus brazos se tocaron al cruzarse, de haberse podido escuchar, se hubiera notado el chispazo que se produjo al tocarse por primera vez. No había sido casual, él había deslizado sus dedos buscando la piel de Irene, un impulso, algo que a ella no le pasó inadvertido y volvió atrás la cabeza para mirarlo haciendo que casi perdiera el equilibrio. Él sonrió, ella también y subió con decisión los escalones que faltaban para pisar de nuevo suelo firme.

Salió a la puerta y respiró aire puro, estaba nublado y hacía un día de perros, pero le pareció grandioso poder respirar de nuevo fuera de esas cuatro paredes.

Estuvo dos días sin aparecer por allí, por primera vez encontró cualquier cosa más interesante que ir a tomar café. Sabía que algo había cambiado y estaba retrasando el momento de su reencuentro con Matteo, aunque en el fondo lo estaba deseando… pero temía perder el control de nuevo. Finalmente, al tercer día volvió, pero él no estaba. Sopló y sopló el café para acabar rápido, así durante una semana con sus siete días. Por fin al octavo día apareció. ¡Una semana le había parecido una eternidad! El brillo que le acompañaba en sus ojos esos días se intensificó al verle y tenerlo de nuevo enfrente. Fue capaz de sostenerle la mirada durante 5 largos segundos, después claudicó y bajó de nuevo la cabeza sonriendo. Se siguieron con la mirada durante todo el capuccino, al terminar, estaba dudando si pedir otro o marcharse. Estaba dándole vueltas al tema cuando advirtió que él llevaba un rato sin aparecer por la terraza. Aprovechó entonces para bajar al baño. Había un cordón rojo que impedía el paso, pero hizo caso omiso y lo pasó por encima, una corazonada le impulsó a bajar las escaleras.

Volvieron a encontrarse allí, pero esta vez, en vez de ir cada uno por un lado él se lavó las manos y se quedó apoyado en el lavabo mirándola y empezando una conversación. Ella dudó si entrar tras una de las puertas o acercarse más. Optó por lo segundo. La tenue luz roja de las lámparas que se anclaban a la pared disimulaba el rubor de sus mejillas, dio un paso vacilante y al intentar desviarse a la derecha y entrar al urinario una mano la cogió por la muñeca e hizo cambiar su trayectoria. Se dejó hacer, se dejó besar y respondió sin vacilar. Miró a la pared y pareció sentir la aprobación de los pájaros del papel, notó su envidia, notó también las manos masculinas que remangaban su falda casi hasta las caderas y se metían dentro de sus bragas apretando sus nalgas. Le clavó las yemas de los dedos en ellas y la atrajo hacia sí. No dejó de besarla. La luz roja sobre la pared azul hacía que el baño de una cafetería cualquiera se transformara en la estancia perfecta donde dar rienda suelta a la lujuria, sin perder un ápice de la clase que caracterizaba la ciudad. Le dio la vuelta y metió las manos dentro de su camisa para acariciar sus pequeños pechos, tenía los pezones muy duros y sensibles, la acariciaba de forma suave pero a la vez apretaba contra su culo el pantalón haciendo que el miembro que luchaba por ser liberado intentara aproximarse. Sin dejar de acariciarla comenzó a besar su cuello, a morder su oreja izquierda y a bajar sus bragas hasta los tobillos. Se agachó para sacárselas e hizo que se inclinara hacia delante mientras su lengua recorría el interior de sus piernas para acabar alojada entre sus dos agujeros. Fue de uno a otro lamiendo y saboreando, reconociendo el terreno, compartiendo su humedad. Ella empezó a temblar y él lo notó. Se incorporó entonces y se colocó de pie de nuevo detrás de ella, buscó el clítoris con la mano derecha y, con el dedo corazón de su otra mano penetró su ano. Ella se sobresaltó, estaba muy cachonda y se corrió soltando un fuerte gemido. Su mirada perdida se encontró con Matteo buscando la suya a través del espejo, tenía las manos apoyadas en el frío mármol para no perder el equilibrio. Él besó su cuello y caminó hacia atrás sentándose con las piernas abiertas encima del pequeño sillón de terciopelo rojo, comenzó a agitar su miembro de arriba a abajo, haciendo que recuperara el vigor de nuevo, que se pusiera duro como el mármol que reposaba frío bajo las manos de Irene. Le vio a través del espejo y se dio la vuelta frotándose las manos contra los muslos para hacerlas entrar en calor. Él anhelaba su contacto de forma inmediata, la vio acercarse casi a cámara lenta y poniéndose de rodillas entreabrió la boca, dejando caer un hilillo de saliva por una de sus comisuras.

Ojalá le quepa entera en la boca, pensó él.

Irene posó sus manos sobre las suyas para seguir el ritmo que marcaba, y enseguida se hizo con él, el contacto de sus manos sobre la fina piel hizo que  retirara las suyas y se dejara hacer. Pronto fue la punta de su lengua lo que acompañaba a las manos, se deslizaba lentamente por el glande, saboreando el líquido que lo coronaba y mezclándolo con su saliva. Ahora la lengua daba vueltas alrededor suyo, lamía con energía como si de una bola de helado se tratase. Ella estaba tan concentrada que con la punta de su lengua notaba cada rugosidad, cada vena, cada centímetro de esa fina piel sometida a la tensión máxima de la erección. Deseaba sentirle dentro. Primero lo haría con la boca. Muy despacio, dando pequeños sorbos de aire y soltándolos muy poco a poco, se fue introduciendo el miembro al completo para ir liberándolo en pequeños episodios. Él estaba extasiado, disfrutaba de aquella mamada agónica mientras la tenue luz roja lo iba embrujando. La tímida mirada de Irene se tornó lasciva mientras albergaba su polla en la boca, ver como la comía le excitaba cada vez más, tenía que concentrarse para no correrse todavía. Abrió los ojos cuando ella paró en seco, se puso entonces de pie y remangándose la falda, se sentó sobre él. Se arrimó hasta que la punta del miembro quiso tocar su ombligo, empezó a besarle con apremio y se levantó ligeramente para ser penetrada. Una vez dentro, se acoplaron sin dejar de besarse y así poder tocar sus cuerpos de nuevo. Ella notó que él no iba a aguantar mucho más, así que lo cabalgó sin piedad. Con los ojos medio cerrados, apoyó sus manos sobre la pared aplastando el cuerpo de aquellos pájaros dorados que tantas veces había mirado con temor. Cerró las manos para arañar sus cuerpos aterciopelados, libres de plumas pero de un tacto suave y rugoso a la vez, mientras los gemidos escapaban sin cesar de su boca ahora que Matteo se movía de forma mágica dentro de ella. El placer recorría su cuerpo de nuevo, sus muslos temblaban y le pedían más y más embestidas. Se agarró entonces al cuello de Matteo y tomó las riendas de nuevo. Dejó caer su cuerpo hacia atrás para que lamiera sus pechos, sin dejar de marcar el ritmo de la penetración. Él jadeaba cada vez más deprisa, se abrazó a él y a su mechón para que se corriera mientras la luz roja envolvía su abrazo.

El Ventilador

13 Ago

EL VENTILADOR

El sol brillaba con  todo su esplendor y la brisa de poniente soplaba en la cara pero no despeinaba. Después de nadar hasta casi quemarme la espalda, caminar por la orilla me devolvía la paz que necesitaba, ese pequeño refugio en medio de las rocas era una de mis válvulas de escape. Solía ser feliz rodeada de rocas.

Hacía ya años que conocía esa playa y siempre me parecía ver a la misma gente, era poco frecuentada y tranquila así que era perfecta. Lo que más me gustaba era salir del agua y secarme encima de las piedras, ahuecar el culo entre ellas y quedarme quieta mirando el atardecer. A lo largo de los años me había enamorado de muchos lugares, cada uno con rincones que había prometido volver a visitar y lo había cumplido, no quizá con la frecuencia que hubiera deseado, pero ese lugar en concreto lo visitaba todos los años, aunque fuera una sola vez. Quizá fuera por los recuerdos que me evocaba, lo que sentía al echar la vista tiempo atrás y ponerme en la piel de la mujer que era hace 20 años. Miraba entonces hacía abajo y veía mis tetas mucho menos tiesas que entonces, pero todavía me parecían bonitas, en realidad siempre me lo habían parecido, y siempre me había gustado mostrarlas en ese rincón donde nadie te juzgaba si te apetecía estar desnudo. Era lo mejor de estas playas, la libertad. Fue para mí un tesoro encontrarla como todo lo bueno en esta vida, por circunstancias que no planeamos, por pura casualidad. No me gustaba el sur, no me gustaba levante… y este lugar parecía estar en un punto mágico intermedio que hacía que todo fuera diferente, un gran oasis entre la tierra y el mar.

Un grupo nuevo de gente se había instalado cerca de mi toalla, así que me cambié de sitio situándome más o menos en la mitad de la cala. Justo al contrario de donde yo me situaba al principio había un grupo de chicos y chicas fumando hierba y riendo sin parar que ahora se dirigían a darse un baño. Uno de ellos me resultó familiar, no le veía bien la cara pero tenía la sensación de que ya nos habíamos visto antes. Su cuerpo era delgado, el pelo claro caía rizado sobre sus hombros y el miembro que colgaba entre sus piernas… ¿acaso había intentado reconocerlo por su miembro? Mi cerebro debió dar por hecho que lo había visto alguna vez, porque sólo con pensarlo noté como entre mis muslos ya secos chorreaba ese líquido viscoso que también me era familiar. Estaba empapada sólo con ver a ese desconocido y evocar no se qué momentos dentro de mi cabeza. Froté un muslo contra otro incómoda por la situación agravando entonces el momento ya que la excitación fue creciendo, una cosa era que la cala fuera “liberal” y otra que fuera a masturbarme allí mismo que era lo que me apetecía en ese momento. Me puse de pie para meterme en el agua de nuevo y ver si así conseguía enfriarme un poco y ya de paso poder mirarle mejor y tratar de averiguar si era verdad que le conocía o no. Me miró entonces y yo tropecé con una de las piedras, lo quisiera o no ya había llamado su atención. Me sumergí en el agua con una sensación casi febril y cerré los ojos mientras frotaba la mano contra un sexo que manaba más y más según lo rozaba, me limité a limpiarme y refrescarme y al salir del agua lo miré de nuevo mientras su mirada seguía de refilón mis pasos, ¿le habría pasado lo mismo o simplemente miraba cómo había estado “tocándome” dentro del agua? Volví hacia mi toalla con su mirada clavada en la espalda, me senté, y cuando él se volvió hacia sus amigos de nuevo, reconocí la sonrisa y encajó la pieza que faltaba: los tatuajes. Aunque había alguno nuevo, era capaz de recordar perfectamente uno de ellos, exactamente la colección de brazos en la que había estado envuelta.

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Sonreí entonces al recordarlo, ahora sí, me acordaba bien de aquella noche que pasamos bajo el ventilador sudando y follando, follando y sudando y, aunque las horas estaban contadas no desperdiciamos un minuto. Yo ya había dejado pasar demasiadas oportunidades por culpa del miedo. Ya estaba mojada otra vez. Y reí, reí de nuevo al recordar aquella historia tan corta y a la vez tan divertida y emocionante, y lo feliz que me hizo sentir. Fue en otra tierra y con otro mar, dónde el azul es más azul si cabe y todo lo demás tiene un color difícil de olvidar. Recuerdo lo fácil e inesperado que fue todo, cómo perder la ropa en cuestión de minutos y sentir su polla por primera vez rozando mis bragas fue lo más excitante que había hecho en meses, cómo estando tan lejos de mi zona de confort estaba tan a gusto y cómo por fin había dado con alguien que pensaba exactamente igual que yo, aunque fuera en ese instante concreto del tiempo.

Su polla era grande y podría afirmar que hasta perfecta, no excesivamente gruesa lo que la hacía ideal para comerla, pero lo que más me complació fue su lengua. No sentí deseos de cortársela y eso ya era algo para celebrar, es más, deseé que fuera más larga, que pudiera estar en más de un lugar a la vez y que aquello no terminara nunca. Fue capaz de complacerme con creces, me comió tan suave y tan intenso a la vez que por primera vez experimenté el placer regalado ¡era tan bueno! Y seguía sudando, estaba empapada, como si estuviéramos follando bajo un chorro de agua. Yo miraba hacia arriba, el ventilador se agitaba pero mi calor no amainaba, nos besábamos sin descanso, las pieles se escurrían la una con la otra y la boca se me llenaba con su polla hasta la garganta una y otra vez. Y yo quería más, lo quería dentro. Él alargaba el momento, otra sorpresa grata para mí. El placer gratuito, el amante generoso que quiere que te corras tú primero. ¿Por qué no había conocido uno de esos antes? Aunque estaba exhausta me esforzaba por hacerlo lo mejor que podía, el calor me secaba la boca pero uncía la punta del miembro con saliva y lo recorría entero con la lengua para después envolverlo con los labios y recorrerlo de arriba a abajo mientras me asía a sus caderas. Me acariciaba pelo sin intentar dominarme sujetando mi cabeza, otro punto a su favor. Cuando sentí por fin su polla dentro de mi fue un alivio, sentir su cuerpo sobre el mío empapado, el pelo enredado y las manos entrelazadas, fue un alivio sí, pero enseguida quise más, quería que chupara y mordiera mis tetas mientras me lo hacía pero se resistía a dejarme cambiar de postura, yo reía, quería mandar, quería follarle y dirigirle al ritmo que marcaran mis caderas. Me costó conseguirlo pero lo logré, mi clítoris se rozaba contra él y el placer iba en aumento de nuevo. Volvimos entonces a las bocas, a las lenguas, a mover sus dedos dentro de mí mientras me comía, me agarraba a la almohada intentando alargar el momento lo máximo posible, pero también me gustaba complacerle a él, metérmelo entero en la boca mientras cerraba los ojos y se dejaba llevar, a pesar del tamaño no me costaba tragármela entera, me gustaba tanto, me resultaba tan suave y tiesa que de no ser por el agotamiento podría haber seguido así durante horas. Me di la vuelta y me incliné para que me penetrara desde atrás, la metió con decisión y se agarró a mis caderas mientras me embestía una y otra vez. Tuve que pedirle que parara porque me sentía atravesada pero él no lo hacía y a pesar del dolor, el placer era cada vez mayor. Cuando por fin se corrió dentro de mi y se desplomó sobre mi espalda mojada me sentí exhausta y feliz, relajada.

Abrí los ojos de nuevo hacia la realidad del presente y miré de nuevo hacia donde se encontraba. Venía caminando hacia mi.

Yolanda

14 Jul

 

-¡Yolanda, Yolanda!- parece  como si alguien gritara mi nombre desde muy lejos.

-No nos oye- se oye después como en un susurro.

Abro los ojos despacio y veo la blanca pintura del techo de la habitación, es raro porque no parece mi habitación. Miro a un lado y a otro y veo una mesilla vacía y una ventana con vistas a un parque. Definitivamente no es mi habitación. Levanto la mirada y veo a mi hermana saliendo de la habitación, va con Leo. Parece que lloraban. Quiero salir detrás de ellos, preguntar qué les pasa. Sólo un pitido por encima de mi cabeza rompe el silencio de la estancia, un ruido constante y regular, como si fuera un reloj marcando los segundos pero en un volumen mucho más alto. “¿Qué hacían ella y Leo dentro de la habitación?” Me levanto de la cama y salgo tras ellos pero la puerta se ha cerrado de golpe. “¿Es que no me han oído llamarles?” El pomo no se gira, estoy asustada y miro a la derecha, hacia la cama, hay una persona dentro, rubia como yo, pero con el pelo bastante descuidado, graso; me miro y compruebo que mis rizos siguen en su sitio sobre el jersey rojo. Sigo mirando a la chica de la cama, sus labios brillan pero de ellos sale un tubo que a su vez está conectado a una gran máquina que reposa a la derecha del cabecero, y la maraña de cables que parece emerger de su pecho está conectada a la máquina que parece un segundero. Son mis latidos. Me puse el jersey rojo nuevo para ir a una entrevista de trabajo, entiendo que nunca debí llegar, es curioso porque tengo una extraña sensación de sosiego, una tranquilidad parecida a la que uno experimenta cuando concluye un propósito que le ha tenido ocupado un largo tiempo. Me acerco a la cama y me doy cuenta de que quien está dentro soy yo. Ahora entran dos enfermeras para lavarme y ocuparse de mi, no siento nada cuando tocan mi cuerpo, parece que no tengo ninguna herida aparente en él, pero estoy muy delgada y con el rostro tan inexpresivo que podría haber pasado por un maniquí. Intento hablar con ellas pero no me escuchan. “Soy un fantasma”. Pero mi corazón sigue latiendo, lo veo en ese monitor. Me quedo viendo cómo trabajan las enfermeras, con qué cariño me tratan, soy un peso inerte, pero me mueven con tal soltura que mientras una me sujeta la otra estira la sábana hasta dejarla sin una arruga. Mientras me embadurnan con aceite hablan de mi hermana, de cómo no ha faltado un sólo día a verme. También hablan de mi cuñado Leo, mi Leo. Llevo 4 meses viviendo con mi hermana mayor y su novio y no ha salido de mi cabeza desde la mañana en que me lo encontré completamente desnudo por el pasillo de la casa. Volvía a la cama después de haberme levantado a beber agua y él creía que estaba sólo por el pasillo e iba al baño. Fue un encuentro fugaz, él pareció no darle ninguna importancia pero yo me metí corriendo en mi habitación y desde entonces todas las noches me tocaba pensando en Leo, en su miembro semierecto saltando de un muslo a otro mientras caminaba. Quería encontrármelo así de nuevo y frotarme contra él, me mojaba tanto sólo de pensarlo que todas las noches tenía que masturbarme por lo menos dos veces. Al principio me sentía mal por fantasear con el novio de mi hermana, pero viendo cómo me miraba desde aquel día se me pasó la culpa.

Por alguna razón una parte de mi se ha desprendido del cuerpo, así que quiero aprovechar este tiempo. No soy capaz de agarrar el pomo de la puerta, mi mano lo atraviesa. Una de ellas mira hacia la puerta:

-¿Has oído eso?- dice asustada.

-¿El qué?- dice la otra.

-No sé, es como si hubiera alguien más en esta habitación.

La llamo, me acerco a mirar en su chapa el nombre y la llamo a voces, con la esperanza de que sea capaz de verme y poder ayudarme pero no funciona. Tengo que salir de aquí, quiero ir a casa. Mi hermana es la única familia que tengo y también está Leo, no quiero irme sin despedirme de él, sin tocarlo por primera y última vez… Me doy cuenta de que va a ser una tarea muy difícil aunque si no, ¿por qué sigo aquí? Intento recordar aquella película e intento pasar a través de la puerta. Bien, ha sido fácil pero se me ha puesto patas arriba el estómago, como cuando me monté en aquella atracción de caída libre la primera vez, que pasé mucho miedo. Voy por el pasillo esquivando a la gente, es la costumbre. Lo cierto es que aun siendo consciente de la situación en la que me encuentro, estoy muy tranquila, feliz, sólo que tengo un pequeño nudo en la garganta, como si tuviera algo pendiente todavía. Tengo una sensación de bienestar que no puedo controlar.

Me meto corriendo en un ascensor que bajaba aprovechando la puerta abierta, resoplo y pego un brinco justo cuando una doctora entra y se coloca justo donde yo estaba. Me siento atravesada, doy un paso atrás, y cuando me repongo del mareo ya estamos en la planta cero. Salgo fuera y miro hacia arriba, quiero ver el sol y las nubes y respirar profundo el aire de la calle, por si es la última vez. Camino por la calle principal y no tardo en llegar al parque que está cerca de mi casa, lo atravieso despacio, quiero sentarme en un banco pero no me encuentro cansada así que sigo caminando hasta el portal de casa. Atravieso el portal esta vez despacio y la sensación de mareo es más llevadera esta vez, cuando voy caminando por el rellano pienso que ahora tengo la oportunidad de ver qué hacen todos los vecinos, dejo atrás la tentación de cotillear en sus casas y subo la escalera directa a casa de mi hermana. Cierro los ojos y atravieso despacio pero con decisión el cuerpo de la puerta, parece que ya lo hago de forma más segura así que lo hago un par de veces más. Después de entrar y salir  hasta que normalizo la sensación me doy una vuelta por la casa para darme cuenta de que ha cambiado poco desde aquella mañana. Mi habitación está igual que la dejé, desordenada y con la persiana medio bajada dejando entrar unos tímidos rayos de sol sobre la colcha azul que tanto me gusta. Siento el calor que viene de la ducha, el vaho invade el pequeño cuarto de baño, a Leo le encanta ducharse con agua muy caliente y yo no voy a desaprovechar la oportunidad de verle bajo el agua. Atravieso la mampara y me encuentro frente a su cuerpo. El agua chorrea por su espalda y se acumula alrededor de sus pies, recorro con la mirada primero el agua cayendo hacia abajo y después sigo el rastro del vello de sus piernas hacia arriba, como acaban en dos nalgas prácticamente perfectas, que dan ganas de apretar con las dos manos, clavar las uñas y ronronear. La espalda adquiere diferentes formas mientras se enjabona la cabeza, los brazos elevados hacen que la musculatura se muestre de diferentes maneras ante mis ojos, me imagino entre esos brazos y desnudada por esas manos y aunque el agua de la ducha no me moja me noto empapada. Me imagino desnuda allí dentro con él, restregándonos y acariciándonos el uno al otro, me imagino chupando su polla bajo el chorro de agua mientras me lava el pelo. Allí está, colgando entre sus piernas, la imagino magnífica dentro de mi. Pero yo no puedo tocarle. Por fin abre los ojos y los vuelve a cerrar porque se le ha metido algo de jabón, se enjuaga otra vez y abre la mampara mientras coge una toalla, se seca un poco el pelo alborotando los grandes rizos que habían quedado sepultados por el agua y envuelve su cintura en la ya húmeda toalla, se la deja muy ceñida de tal manera que puedo adivinar su miembro prieto contra la tela. Podría estar horas mirándole, era demasiado guapo, tanto que el primer día que le vi pensé que tenía que ser gilipollas. Quizá un poco sí lo fuera, pero eso era problema de mi hermana, a mí sólo me gustaba lo que me hacía sentir, lo violenta que me ponía en su presencia, tan cachonda que hasta alguna vez tartamudeaba al hablar. Cuando Leo sale del cuarto de baño me quedo mirándome en el espejo, quiero llorar pero esa sensación de paz que me invade me lo impide. Miro mi rostro a través del vaho, siempre sonriente, mis ojos claros y mis finos labios arqueados; los rebeldes rizos rubios caen sobre mi hombro derecho como una cascada, acaricio mi pelo y ahora sí puedo sentirlo entre los dedos así que alargo la mano y la poso sobre el espejo moviéndola de un lado a otro. El vaho desaparece y mi rostro se difumina entre las gotas.

Voy entonces hacia la cocina y veo a mi hermana preparando algo de comida, cortando verdura. Somos tan distintas que hasta mi madre a veces se preguntaba cómo era posible que hubiéramos salido del mismo útero.

Entra Leo sobresaltado, preguntando a mi hermana si no ha entrado ahora en el baño, ella dice que no y él se queda un poco pensativo. Está asustado. Había visto el espejo con el vaho y la huella de la mano que lo había disipado. Los veo comer en silencio, se sientan después en el sofá y se dan cuenta de que ninguno ha hablado y ni siquiera han puesto la televisión. Ella empieza a llorar, siento algo dentro de mí muy fuerte, rota por dentro al verla así, quizá pensara que éramos muy diferentes pero en este estado el vínculo que nos hermanaba se hacía más fuerte, las sensaciones eran plenas y muy nítidas. Siento su pena por mí en cada centímetro de mi extraña existencia. Leo se gira y la abraza. ¡Yo también quiero abrazarla! ¡y a él también! Me acerco a ellos y me siento junto a ella en el sofá, el frío que siento por dentro se va disipando mientras me acerco más y más, estoy tan pegada que no me doy ni cuenta de que mi muslo y el suyo se empiezan a fusionar. Leo ya estaba besando el cuello de mi hermana y el estómago me vuelve a dar un vuelco al introducirme poco a poco dentro de ella, su cuerpo va dejándose invadir por mi, siento un cosquilleo por los brazos y las piernas pero poco a poco voy sintiéndome cómoda, siento ya sus besos por el cuello, sus manos sobre mí, sus labios sobre los míos. La excitación es máxima, las sensaciones son plenas, no recordaba haberme sentido tan bien desde hacía mucho tiempo. Pronto la ropa cubre el suelo, por fin puedo tocar su piel, no sé si lo placentero es tocarle a él o poder tocar a alguien en concreto, las yemas de mis dedos son como extensiones de mi cerebro, mi conexión con el mundo real, mi nexo con aquello que podemos ver. Sus dedos también me recorren, y pronto están cerca de mi sexo recorriendo la fina piel de mis muslos mientras se tiende sobre mí. Mantengo las piernas cerradas para sentirlo entero sobre mí, poder sentir un contacto piel con piel me está resultando una experiencia única, balancea sus caderas sobre mí y puedo notar su polla dura sobre mi muslo, pero no quiero que me la meta ya, quiero gozarle primero. Sin dejar de besarle empujo sus hombros hacia arriba, no se da cuenta y sigue apretándose contra mí, tengo que separarme de sus labios para pedirle que se incorpore y así empujarle hasta quedar sentada a horcajadas sobre él, con las piernas abiertas mi vientre queda pegado a su sexo palpitante que se queda hacia arriba casi rozándome el ombligo con la punta. Lo beso entonces de nuevo, me aparta un poco para mirarme a los ojos, es evidente que le choca mi forma de actuar. “¿Se habrá dado cuenta?” Ahora me siento dueña de ese cuerpo y aunque noto el alma de mi hermana en alguna parte dentro de él, no noto ninguna resistencia a la invasión. Leo nota extraña a la persona que está con él, puedo sentirlo, pero es evidente que está muy excitado. Me mira a los ojos primero extrañado pero después aparece en su cara esa sonrisa de medio lado que me vuelve fuera de sí. Lo beso de nuevo ya que para mí es un privilegio  notar su lengua húmeda recorriendo despacio mi boca, sus dientes mordiendo suavemente mi labio inferior mientras que sus manos sobre mi espalda balancean mi cuerpo sobre él. Me separo un poco para admirar su delgado cuerpo, su piel casi vampírica me parece perfecta, hasta la cicatriz que acompaña su clavícula me parece digna de ser besada y por ella continúo hasta que llego a sus pezones. Están fríos, mojados por el sudor, pero el sabor salado que los acompaña y la dureza que mantienen hace que me sepan deliciosos. Mi objetivo final está más abajo, se mueve tiesa de un lado a otro hasta que la atrapo con mi boca, la engullo poco a poco casi hasta el final ya que es muy gruesa y no me cabe entera, enseguida se humedece con mi saliva y puedo recorrerla de arriba a abajo sin problema, de rodillas sobre el suelo y agarrada a sus muslos echo un ojo hacia arriba para ver cómo su mirada se pierde del techo a mi cabeza según voy cambiando el ritmo. Cuando ya no puede más me toma de las manos y me pide que me levante, besa mi vientre mientras introduce su dedo dentro de mí y comienza a moverlo para hacer sitio primero a un segundo dedo y después a un tercero. Me tumbo entonces sobre el sofá y él continúa con la lengua, separando mis labios hábilmente y después comiéndome de forma brusca, tanto que me hace cosquillas. No debo olvidar que es el coño de mi hermana el que está acostumbrado a complacer y el que él debe pensar que está comiendo en este momento, no quiero ser grosera así que me limito a decirle:

-Fóllame ahora.-

Me da la vuelta como si fuera un saco y se queda enfrente de mis nalgas, expuestas sobre su cara. Comienza entonces a lamer desde mi coño hasta el ano, qué placer tan grande me produce aquello, no quiero que pare y así se lo hago saber pero antes de que termine la frase ya lo tengo dentro. Contundente y rápido, ahogo un grito al notar su gruesa polla moverse dentro de mí, agarra mis caderas y empieza a moverse enérgicamente hasta que yo enseguida le alcanzo el ritmo. Tengo las uñas clavadas en el brazo del sofá y el culo todo lo alto que puedo para que la penetración sea más profunda. Poco a poco va follándome más despacio y se deja caer sobre mí hasta que nos quedamos tumbados. Sin salirse yo mantengo las piernas abiertas y suavemente se mueve pegado a mi espalda. Me gusta también sentirlo así, lento pero contundente dentro de mí, él se deja caer hacia atrás apoyándose en el sofá para poder acariciarme el cuerpo mientras. Los pechos de mi hermana son más pequeños que los míos pero la sensación de su mano sobre la piel es igualmente placentera, me giro para besarle  y su mano baja entonces para tocarme de nuevo. Siento que el orgasmo está cerca, él debe estar cerca también así que me dejo hacer. Sus dedos son suaves y hábiles, estoy tan concentrada en sentirle que me voy relajando poco a poco, cada vez más hasta notar su chorro caliente dentro de mí, da un par de sacudidas fuertes hasta que noto como resbalaba por mi muslo y sin salirse de mi sigue tocándome hasta que las descargas invaden el cuerpo que habito. Cierro entonces los ojos. Mi cuerpo se agita, la sensación de relax es total, un placer inmenso recorre todo mi ser. Me siento flotar, literalmente, podría volar si me lo propusiera. Abro los ojos, todo está blanco.

Inés y el náufrago

16 Oct

INÉS Y EL NAUFRAGO

Un estrepitoso portazo interrumpió el profundo sueño de Inés, abrió primero el ojo derecho y después el izquierdo, debía ser muy pronto porque entraba poca luz por el cristal de su ventana. El silencio absoluto que inundaba el mundo de los sueños se vio invadido por el repiqueteo del agua contra el cristal, no era simplemente agua, no eran gotas de lluvia escurriéndose suavemente cristal abajo, era un tormentón de los buenos y los goterones chocaban con violencia contra los cristales del lado sur de la casa. De allí venían todas las tormentas que azotaban la isla, del sur.

Lo primero que hizo al levantarse fue ir hacia la puerta, estaba cerrada. Entonces ya no era un portazo lo que la había despertado, sintió sobre el hombro el frío que provenía de la cocina, era la pequeña ventana que había sobre la pila de fregar la que se movía hacia fuera y daba pequeños golpes contra el marco, una racha de viento más fuerte debió hacer que golpeara con más intensidad y así se despertó. Pensó que el portazo lo había dado su hermano al salir de casa, siempre cerraba la puerta como si estuviera escapando de algo, pues esa misma mañana partía con sus padres a la zona norte de la isla a una conocida feria. Tras lavarse la cara y desayunar poco más que un vaso de leche salió a la calle viendo como el sol estaba más alto de lo que pensaba. Vio también que no estaba la furgoneta de su hermano, estaba sólo la vieja tartana de su padre.

“Quizá no vuelvan hasta dentro de un par de días” pensó.

Cuando iban con la furgoneta de su hermano normalmente era para traerse alguna cabra en la parte trasera, y los animales no entraban en escena hasta el segundo día. Si no recordaba mal la feria empezaba ese mismo día, con artesanía, cerámica, retales y demás traperío. Su madre siempre llevaba paños para vender y volvía con sábanas de lino para el invierno y lana nueva para tejer. La feria duraba dos días, siempre para San Lorenzo, y reunía a casi todos los comerciantes de la isla y parte de las islas de alrededor. Los pueblos se quedaban casi vacíos, sobre todo los pequeños como el suyo. Ahora mismo se encontraba prácticamente aislada, viviendo a las afueras de un pequeño pueblo del que más de la mitad de sus habitantes estaban o iban de camino a la feria más importante del año. Se había hecho ya un poco tarde pero tenía que ordeñar a las cabras, así que se puso el pantalón, unas botas y una chaqueta por encima y se encaminó al pequeño establo que había junto a la casa. Tenía que caminar cuesta abajo en dirección a la pequeña playa que había junto a su casa y desviarse a la derecha por el camino que llevaba al pueblo. El mar rompía con fuerza junto al viejo embarcadero de la playa, estaba abandonado aunque de vez en cuando reposaban allí los restos de las fuertes tormentas que azotaban el sur de la isla; el pueblo estaba construido en torno a una pequeña bahía donde confluían corrientes marinas que depositaban en esa zona maderas, velas e incluso una vez cuando era pequeña varó un delfín. Eso mismo creyó ver cuando divisó una figura oscura y alargada tendida en la arena, no apreció movimiento alguno así que dejó la lechera apoyada en una piedra y bajó a curiosear. Iba acelerando el paso y mientras se aproximaba se dio cuenta de que la figura era grande pero no tenía la estilizada forma de un cetáceo, en vez de eso vio una figura humana tendida boca abajo y con los brazos abiertos. Paró en seco precipitada por el miedo a encontrarse con un muerto con la cara devorada por los peces, pero algo la instó a continuar, dio un paso lento y después otro, como si caminara sigilosamente por un pasillo secreto. El aire le azotaba la cara con violencia allí abajo, la espuma del mar le salpicó al romper contra las primeras rocas cuando por fin llegó junto al cuerpo. Lo primero en lo que se fijó fue en su cara: era un hombre, y estaba muy pálido. Iba vestido con lo que quedaba de una camisa y un pantalón completamente desgarrado, estaba descalzo y un hilo de lo que parecía sangre manaba lentamente de su boca. Tenía una herida aparentemente coagulada en el costado derecho, era muy fea. “¿Cuánto tiempo llevaría allí?”. Se agachó y rozó la mejilla con los nudillos de su mano derecha, estaba helada. Le dio entonces un pequeño empujón con la mano, como si fuera a despertarlo dulcemente de un sueño, pero no se movió. Notó entonces un pequeño soplo templado contra su mano. “Al menos respira”. Sintió un profundo alivio al cerciorarse de que estaba vivo, tenía que sacarlo de allí o la marea se lo llevaría no tardando mucho. Dio entonces un fuerte empujón a su hombro y gritó: -¡Eh!.OLYMPUS DIGITAL CAMERA

Tuvo que empujar tres o cuatro veces para producir un movimiento espontáneo en el inerte cuerpo, lo primero que reaccionó fue el dedo índice de su mano derecha, después el resto de los dedos de esa mano y seguidamente los párpados que se abrieron lentamente como si de un telón viejo se tratase.

-¡Venga, despierte!¡o la marea nos llevará a los dos!-gritó Inés.

El extraño la miró con unos ojos totalmente perdidos, quiso hablar pero no le salieron las palabras. Pudo moverse y ponerse boca arriba, se llevó la mano derecha a la frente y por fin dijo:

-Qué dolor de cabeza.

-Vamos, ¡levántese! Esto… ¿puede levantarse?- preguntó ella contrariada.

Miró hacia arriba, directamente a sus ojos y ante la lentitud de sus movimientos Inés se agachó para ayudarlo, como vio que él era capaz de andar no volvió a preguntar y agarrándolo del brazo lo condujo hasta el camino. Cuando llegaron a la puerta de su casa él paró en seco y miró extrañado.

-¿Qué ocurre?-dijo ella-¿se encuentra bien?

-No lo sé, me encuentro muy cansado y me duele mucho la garganta, ¡es cómo si me ardiera! ¿Vivimos aquí?-dijo, señalando hacia la casa de Inés.

-¿Cómo que si vivimos aquí? ¡aquí vivo yo! ¿quién es usted?

Una expresión de horror se plasmó en su cara:

-No lo sé. No recuerdo cómo me llamo y este lugar no me resulta familiar.

-Vamos a ver, ¿tampoco recuerda cómo ha llegado a la playa?

-Es evidente que a través del mar.

Inés resopló e invitó a aquel extraño a pasar a su casa, sentía la obligación de ayudarle. Lo primero que hizo fue ofrecerle un trapo para limpiarse la sangre que manaba silenciosamente de su boca, se lavó la cara primero en el fregadero y se limpió con el trapo que le había ofrecido una Inés que empezaba a sentir algo parecido a la compasión hacia aquel extraño. Nunca se había visto envuelta en una situación así pero creía actuar de la manera correcta, ayudando a aquel hombre como cualquiera hubiera hecho, aunque deseaba que la situación se resolviera lo antes posible.

-Cuando se recupere un poco iremos al pueblo y buscaremos la forma de volver a su casa… aunque… claro, si no sabe quién es, tampoco sabrá dónde vive, ni siquiera sabrá si vive en esta isla…

Él bajó la mirada y le pidió agua para beber.

-Estoy mejor callada. Lo mejor es que se quede aquí, de momento. Por cierto, me llamo Inés -dijo cabizbaja dándose cuenta de la metedura de pata.

Él empezó a toser.

-Aggggggg, cómo pica la garganta-

-Ha debido tragar mucha agua salada, tardará en quitársele el dolor, es mejor que beba algo que le suavice, ¿por qué no toma leche con un poco de miel? .-en ese momento se acordó de la lechera- ¡la leche! Mire, ¿por qué no se lava un poco con agua caliente, que está empezando a temblar, y yo voy mientras a ordeñar para que podamos beber leche, que apenas me queda ya en la nevera?.

Echó un vistazo al extraño, quizá fuera un poco mayor que su hermano, no creía que llegara a los 30. Lo miró detenidamente esta vez. Moreno, con ojos oscuros y una barba corta que hacía contrapunto a su pelo algo desaliñado. “Largo para ser de un hombre”, pensó Inés. Debajo de lo que quedaba de su ropa era fácil adivinar un cuerpo delgado pero fuerte, quizá porque era muy alto. Se vio a sí misma analizando la anatomía de un hombre como nunca antes lo había hecho.

-Te daré algo de ropa, la tuya está imposible.

Lo acompañó hasta el baño, y abrió el grifo de la pequeña bañera. Era una suerte tener agua limpia y caliente un día de tormenta pero sí la hubo en esta ocasión. La bañera consistía en una pequeña pila con un escalón donde poder sentarse y asearse un poco, todo un lujo para algunos que no hacía muchos años habían empezado a disfrutar del privilegio de tener agua corriente en casa. Le dio ropa para ponerse y una toalla y salió a por la leche.

Mientras ella atendía a los animales él se despojó de su ropa y se metió en la bañera. Se sentía extraño, no sabía ni cómo se llamaba, dónde vivía ni cuántos años tenía, veía imágenes de personas dentro de su cabeza pero no era capaz de relacionarlas ni establecer ningún parentesco. No recordaba haber visto a Inés en ninguna ocasión, sin embargo sentía una extraña sensación de familiaridad estando a su lado, le hacía sentirse seguro aun sabiéndose desprotegido. Se sentía muy cansado y algo mareado, dejó caer el agua sobre su cuerpo para limpiar los restos de arena y sal que se le habían quedado pegados como una segunda piel y sintiéndose algo mejor se encaminó a lo que parecía que era la estancia principal de la casa y la única que conocía aparte del baño, era un salón con un sillón grande junto a la chimenea, una mesa con cuatro sillas y una cocina sencilla en el extremo izquierdo. Se sentó en el sofá y se quedó dormido sin darse cuenta.

Le despertó el olor a comida recién hecha, abrió los ojos pero no se movió, y observó los movimientos de Inés de un lado a otro de la cocina. Ya había puesto la mesa y removía algo en una gran cazuela que desprendía, aparte de humo, un olor apetitoso. La primera impresión que tuvo de ella no fue la de una mujer hogareña y convencional, le chocaba que llevara pantalones, aun así se desenvolvía con una soltura tal en la cocina que parecía que fuera aquel él lugar de la casa donde ella se encontraba más cómoda. Llevaba el pelo recogido en un moño trenzado imposible, le resultó encantador el mechón que recogía constantemente en su oreja derecha, como un recordatorio. Ahora estaba friendo algo en una sartén, algo blanco que iba cogiendo de una fuente de cristal. El lazo del delantal perfilaba su silueta, un delicioso cuerpo femenino con curvas prominentes y por un momento casi tan apetecibles como la sopa que hervía en la cazuela; también le hervía la entrepierna, y estaba dura, muy dura, distrayéndole así del dolor que provenía de su costado derecho ya que estaba acostado justo sobre la herida. Cuando ella miró hacia atrás y le vio despierto, tendido en el sillón y mirándola como quién contempla una obra de arte por primera vez se sintió avergonzado por si ella notaba su excitación:

-Esto, eh, creo que deberías echarle un vistazo a mi herida- dijo él enseguida. Había visto la herida del costado mientras se bañaba y era evidente que necesitaba una cura.

Inés abandonó los fogones y se sentó junto a él:

-Anda, levántate la camisa que sino no puedo verla.

Se colocó bien sentado y se subió la camisa con las dos manos para que ella pudiera ver bien.

-Vaya, que pinta más fea, no es muy profunda pero tienes como trozos de madera clavados. Vamos a tener que sacarlos.

-¿Vamos? -dijo él preocupado.

-Bueno tendré que hacerlo yo. Espera que voy a quitar la sopa del fuego y voy a por cosas para curarte.

Se sintió más tranquilo al verla llegar con unos paños blancos, una pequeña palangana con agua y alguna cosa más. Parecía que sabía lo que hacía.

-Va a ser mejor que te quites la camisa porque te voy a mojar otra vez.

Puso una toalla cubriéndole de cintura para abajo, lo cual él agradeció porque la erección volvía según se aproximaba.

-Bueno, como ya te has bañado, vamos a presuponer que la herida está limpia y bien limpia así que voy a ir sacándote los trozos de astilla con una pinza.

Él intentó estar distraído y se animó a conversar, no se había dado cuenta hasta ahora que quizá ella estuviera casada, aunque parecía muy joven.

-Inés, ¿cuántos años tienes?

-Diecinueve- dijo ella mientras sacaba la primera astilla.

-¡Ah!- dijo él, con cara de dolor.

-Pues esa era pequeña- dijo ella, seria.

-Y claro, ésta es tu casa…

-Bueno, no sólo mía…

-¡Au! ¿podrías ser un poco más cuidadosa, por favor?- dijo él con el ceño fruncido.

-Perdona…- Había sacado la última, que era más grande que las demás, y había empezado a brotar sangre de la herida. Mojó los paños y presionó para cortar la hemorragia mientras lo miraba con ternura, algo la hacía sentirse nerviosa pero cómoda a la vez. Una oleada de culpabilidad la obligaba a sentirse alejada, pero no movió un ápice de su cuerpo del lado de aquel extraño que la miraba de aquella forma tan peculiar. Desconocía cómo serían los seres que habitaran otros planetas, pero estaba convencida de que miraban así. Aquel hombre olía bien, pero no era su olor, era algo más imperceptible lo que la hacía estar allí clavada.

-Inés- dijo él, sosteniéndole la mirada- ¿estás casada?

-No.

Y entonces la besó, acercó sus labios secos y lastimados como si aquel beso fuera parte de la cura también. Y ella se apartó, ¡pero él hubiera jurado que por un momento la correspondió!

-¡Oye! Que tengo novio….- dijo ella, apartándose de golpe.

-Lo siento. Lo siento de veras- dijo él, avergonzado.

-Mira voy a terminar de curarte, comemos algo y por la tarde vamos al pueblo y a alguien encontraremos que te pueda ayudar a volver a casa, que como alguien te vea aquí igual luego tenemos problemas.

-¿Tenemos? Ah, ya entiendo, por si viene tu novio.

-No, hoy no va a venir porque se marchaba a la feria también con su padre.

-¿Qué feria?

-La Feria de San Lorenzo, yo vivo con mis padres y mi hermano y esta mañana se fueron para Puerto Grande, al norte, a la feria todo el fin de semana.

Él asintió.

-¿Lo conoces?

-Sí, no lo veo muy claro pero en mi cabeza lo reconozco como un lugar donde he estado aunque no consigo recordar ninguna situación en concreto.

-Bueno, vamos a terminar.

-Oye, quería darte las gracias por haberme ayudado, la verdad es que me has salvado la vida y me has curado muy bien. Igual es que vas para enfermera.

-Nooo. Es que mi madre trabajó de soltera en la cruz roja y ha sido la que me ha enseñado todas estas cosas.

-¿Tu madre es enfermera?

-No, ella limpiaba, pero aprendió cosas.

-Muy bien, ¿y qué es eso que vas a echarme ahora?

-Alcohol. Es un desinfectante buenísimo y te secará la herida.

Sólo rozarle con el paño hizo que casi saltara del escozor.

-Uy, perdona- dijo ella, con cara de sorpresa- venga acércate que verás como luego me lo agradeces.

Él aguantó estoicamente con tal de permanecer a su lado unos minutos más. Cuando una lágrima recorrió su mejilla a pesar de tener los dos ojos apretados, notó un dedo sobre sus labios recorriéndolos de lado a lado.

-Déjame intentarlo de nuevo- y entonces fue ella quién lo besó. Introdujo su lengua despacio, abriéndose paso sintiendo el permiso que le daba la boca contraria. Ella soltó los paños y se juntó un poco más al cuerpo de él que la recibió sin reparos, la agarró por la cintura desabrochando su delantal primero y metiendo la mano por la camiseta para tocar uno de sus pechos, ella iba acariciando con la mano derecha por encima del muslo de él cuando alguien tocó a la puerta con violencia. Inés se sobresaltó y puso sin querer la mano sobre el bulto que producía el miembro dentro de los pantalones, estaba duro y era de un tamaño que no cabía imaginar.

-¡Inéeeeees! ¡abreeee, que sé que estás en casa!

María, la hermana pequeña de su novio, aporreaba la puerta.

-Corre- susurró Inés sobresaltada -métete en mi habitación-.

-¿Y cuál es tu habitación?

-La puerta que está enfrente del baño.

Salió a abrir a María a la que recibió en el mismo marco de la puerta.

-Hola, ¿qué te trae por aquí?

-Mi hermano me manda darte un recado.

María era la hermana pequeña de Marcos, su novio. Era unos años menor que ambos pero le adoraba y hacía cualquier cosa que le pidiera, hasta hacerle de recadera.

-Mi hermano quiere que vayas a verle esta tarde, tiene fiebre y quiere que vayas a hacerle compañía.

Eso era un contratiempo, ya que pensaba que él se había marchado a la feria también.

-Ay María pues dile que no va a poder ser, que yo también ando algo mala y no voy a poder ir.

-Pero si siempre quieres…

-Hoy no puedo, dile que se mejore y que mañana si estoy mejor iré a verle. Y gracias por venir hasta aquí, bonita.

-¿Sabes qué? Hay mucho revuelo en el pueblo porque anoche con la tormenta dos pescadores de La Laja se cayeron por la borda.

-¿Y tú cómo sabes que eran de allí?

-Porque uno de ellos está en la fonda de mi tía Esther y al otro no le han encontrado, creen que se lo llevó la mar.

-¿Y cómo está?

-Dicen que bien, que esta misma tarde se marcha con alguien para la capital a coger el primer barco que salga para allá.

-¿Y al otro lo están buscando?

-No lo sé. Bueno, ¿entonces vienes o qué?

Inés negó con la cabeza y se quedó mirando a la niña que parecía no irse conforme con la respuesta y no se movía del sitio. No quería dejarla entrar ya que acababa de darse cuenta de que tenía puesta la mesa para dos y no quería preguntas porque la niña le contaba todo a su hermano.

-Será mejor que te vayas no sea que se ponga a llover otra vez.

-Bueno, me voy…

Cerró la puerta dejando fuera también la culpabilidad que llevaba sintiendo hacía rato. Sentía una gran atracción por aquel extraño y aunque era bastante inexperta en el tema de las relaciones con el sexo opuesto, le gustaba la sensación de probar cosas excitantes por primera vez.

Entró a su habitación y le vio echando una ojeada al estante donde estaban sus libros.

-Tienes muchos de un tal Julio Verne, debe ser un escritor muy conocido.

-Sí- rió ella- pero ya hace mucho tiempo que están escritos-. Le pareció irresistible y por primera vez sonrió de verdad.

-Resulta que mi novio está en el pueblo, no ha ido a la feria, y quiere que vaya con él esta tarde a cuidarlo porque tiene fiebre.

-Ha venido su hermana a decírtelo entonces. Podías haberte ido con ella y llevarle la sopa.

-Es que no quiero, no me apetece. Quiero quedarme contigo, aquí.

-¿Y a qué se debe ese cambio? -dijo él, acercándose cada vez más.

-Cuando me has besado he sentido algo que con él nunca había sentido.

-¿Te das cuenta de que has elegido quedarte aquí con un extraño que no sabe ni quién es, o quizá sea alguien que te esté engañando, a irte y pasar un fin de semana cuidando del hombre al que quieres?

Ella lo miró sorprendida. No había pensado en la posibilidad de que él estuviera fingiendo. Cuando la agarró de nuevo por la cintura supo que ya no había vuelta atrás, que hacía rato que había tomado la decisión de quedarse con él en esa habitación durante esos dos días. La besó entonces con más fuerza, haciendo inmediatamente que sintiera una congestión entre las piernas, pareció que él lo adivinase porque no hizo más que darle la vuelta y desabrochar su pantalón para meter la mano dentro de sus bragas, presionando justo por encima del vello y amoldándose a la curvatura de sus labios, aliviando la congestión que sentía allí dentro.

-¿Tu novio te mete los dedos, Inés?

-Sí, pero es lo único que me mete.

Fue besando su cuello, descendiendo con la lengua mientras con las manos iba despojándola de los pantalones y las bragas. Lo hizo despacio, siguiendo el contorno de su cadera con los pulgares, mientras saboreaba y besaba vértebra a vértebra su espalda, de la nuca hasta el surco que separaba los glúteos. Se mantuvo pegado a su cuerpo para que ella notara la inevitable erección descendiendo a través de sus muslos hasta que él estuvo agachado y mordió con suavidad uno de sus glúteos. La dio la vuelta y quedando casi enfrente de su sexo alzó la mirada y puso los ojos de un cachorrillo felino, sabedor que tras la travesura habrá igualmente una recompensa, y seguidamente hundió su cara entre los labios de Inés. Ella tensó los muslos, aspiró el cargado aire de la estancia con fuerza y gimió cuando la lengua de su oponente tocó la pieza clave, primeramente lamió despacio como si estuviera explorando el terreno, cuando ya cogió un ritmo más o menos regular paró en seco viendo la agitación en la que estaba sumida ella, fue entonces cuando introdujo en su interior uno de sus dedos, primero hacia dentro y hacia fuera y después trazando pequeños círculos cerca del orificio de salida. Ella tenía los ojos cerrados y se dejaba hacer, eso era terreno conocido. Entonces fue sorprendida por un cambio en la maniobra por parte de la mano de su náufrago, que metió el dedo contiguo y en vez de moverlo como antes los dejó dentro medio encorvados hacia fuera e iba tirando de la carne hacia delante, como atrayéndola hacia sí pero sin que ella levantara un pie del suelo. Sentía un balanceo, quizá se estuviera moviendo pero no, comprobó su quietud abriendo los ojos por un momento. ¡Qué sensación tan agradable estaba recorriendo sus piernas!, de abajo a arriba, lentamente pero sin detenerse; cuando creyó que su sexo iba a estallar en mil pedazos él volvió a tocar aquel punto mágico con la lengua, lo hizo calentarse de nuevo y no precisó mucho esfuerzo para que el orgasmo llegara tras un gemido corto y seco que la dejo paralizada:

-Me mareo- dijo ella, entreabriendo los ojos.

Él se puso de pie y le acercó la mano, empapada por sus jugos, a la boca:

-Quiero que te saborees, a mi me encanta tu sabor- ella obedeció.

-Para haber perdido la memoria parece que sabes exactamente qué hacer.

-No sé, es algo que me sale, quizá esta parte de mi cabeza no ha sufrido ningún daño.

No dejó que la pausa durara mucho y tendió a Inés sobre la cama para despojarla de los pantalones y las bragas que habían quedado prendidos a los tobillos. Bajó su pantalón lo justo para liberar su miembro, le urgía penetrarla y aunque no quería ser brusco, el ansia era más fuerte y se tendió sobre ella que abrió sus piernas para recibirle. No tuvo que hablar, la cara de miedo que tenía le transmitió su ansiedad por aquel momento pero las ganas por estar dentro de ella eran más fuertes que la compasión, besó su boca con dulzura y mientras introducía la lengua la penetró lentamente hasta la mitad, sin salirse del todo retrocedió un poco para observar la reacción en ella y en un ápice de segundo estaba hundido en aquel pozo de placer. Extasiado y complacido por el logro comenzó a moverse rítmicamente dentro de ella que con la mirada pedía clemencia:

-Para, por favor- acertó a decir por fin Inés, que se había quedado sin palabras al sentirse atravesada por aquel mandoble.

Se separó entonces de ella y la miró con ojos compasivos, comenzó a besarla entonces, primero pareció rechazarlo, pero poco a poco se fue dejando llevar de nuevo. Pegaron sus cuerpos y fue entonces cuando él se dio cuenta de la sangre, era poca pero imaginó que ella debía haber sentido dolor. Acarició sus muslos y fue separando las piernas poco a poco.

-Verás como te vas acostumbrando.

Y tendida boca arriba fue desnudada por completo quedando así totalmente vulnerable ante él que se puso de pie para terminar de desnudarse también. Ella se incorporó mientras le observaba, tenía un cuerpo esbelto y en este momento algo magullado, se fijó en los arañazos y contusiones varias que amorataban ya su piel y le pareció que dentro de él había un atisbo de ternura que le inspiraba confianza. Se quedó mirando fijamente a su miembro, estaba muy cerca y lo miraba con un respeto increíble, nunca había estado tan cerca, lo veía ahí delante, tieso y mojado, grueso y con la punta rosa y puntiaguda. Había estado dentro de ella.

-¿Te gusta?- preguntó él. Ella se encogió de hombros.

No era placer lo que había sentido al tenerlo dentro, sino fascinación por como él se había sentido arrastrado por una fuerza que ella atribuía al miembro, una fuerza que lo había vuelto loco hasta penetrarla. Empezó él entonces a acariciarlo, lo manoseaba de arriba a abajo con la mano y pareció cobrar más firmeza entonces.

-Vamos, prueba tú- y ella alargó su mano y primero guiada por él y después ya sola empezó a masturbare. Iba probando ritmos distintos e iba comprobando como cambiaba la cara y la intensidad de su respiración, cuando ella aceleraba él ponía la mano sobre su muñeca y ella entendía que debía bajar el ritmo.

-Vamos a intentarlo de nuevo, pero de otra manera.

Se sentó entonces en la cama con las piernas estiradas y la atrajo hacia sí para que ella se sentara encima

-Abre las piernas y acércate mucho a mi.

Esta vez sin miedo se aproximó y lo rodeó con los brazos, jugó con un mechón de su pelo más que revuelto y empezó a parecerle un detalle encantador que no tuviera el pelo corto. Se besaron de nuevo y mientras ella se agarraba fuertemente a su espalda él iba acariciando sus pechos, eran de una piel blanca exquisita, fina y de una suavidad que quiso probar también con la lengua y así lo hizo. Ella empezó a relajarse y lo demostró dejando escapar unas risas por las cosquillas que le producía la lengua sobre los pezones. Él también se rió y comenzó de nuevo a agitar su pene hasta que estuvo tieso como el mástil de un barco.

-Ahora vas a levantar el culo y bajando poco a poco, te la vas a meter a tu ritmo- ella lo miró insegura- yo te ayudaré- y así hizo.

Teniendo él el miembro bien agarrado con la mano, la guió hasta que poco a poco estuvieron acoplados de nuevo. Entonces la besó y comenzó a balancearse muy despacio, fue ella esta vez la que comenzó a seguir su propio ritmo con la cadera. Se mecieron fundidos en un fuerte abrazo. Inés notó como poco a poco fue despertando en su interior aquella misteriosa fuerza que la empujaba a moverse más y más, alguna vez incluso con violencia, él parecía gozar al máximo y se agarró fuertemente contra ella cuando dijo:

-No puedo más- y notó entonces un chorro caliente dentro de sí, diferente a lo que había sentido antes. Se desplomó entonces él hacia un lado arrastrándola consigo y allí permanecieron abrazados medio adormilados hasta que cayó la tarde.

Se levantaron de la cama movidos por el hambre y la sed, Inés tuvo que recalentar la sopa que estaba más buena si cabe y compartieron por fin la mesa.

-La niña me dijo que había en el pueblo un pescador de La Laja que había caído por la borda anoche con la tormenta junto con otro… al que dan por muerto porque no lo han encontrado.

-¿Seré yo?

-Tiene sentido que seas de La Laja, es una isla muy próxima. ¿No recuerdas nada? ¿Ni si eres pescador ni nada de nada?

-No, no me acuerdo de nada de eso. Pero estoy convencido de que este día no se me va a olvidar.

-A mi tampoco.

-Y lo que está claro es que no puedo quedarme aquí para siempre, debería marcharme y ver si ese marinero me conoce y quizá me ayude.

-Quédate aquí conmigo, por favor- Inés agachó la cabeza.

-Podríamos irnos juntos, ¿qué te parece?- lo dijo con una sonrisa tan encantadora que por un momento hasta Inés se lo creyó, pero se dio cuenta enseguida de la realidad.

-Quédate al menos esta noche. Nadie nos molestará aquí. Te daré dinero para que puedas ir a alguna parte y mañana te marcharás.

-Está bien, pero si no recupero nunca la memoria prometo que volveré a buscarte.

-Ella lo besó mientras ahogaba las lágrimas e hicieron el amor allí mismo, sobre el suelo de la cocina.

A la mañana siguiente ella dormía profundamente mientras él hacía rato que ya se había despertado gracias un fuerte dolor de cabeza, una sensación de mareo producida por un cúmulo de sentimientos hervía dentro de su cabeza. Se vistió lo más aprisa que pudo, cogió el dinero que ella había dejado encima de la mesa y miró una vez más hacia atrás antes de salir de la habitación, de la casa y si el destino no lo impedía, de su vida. Cruzó el umbral y tomó el camino rumbo al pueblo, después tomaría el barco que lo devolvería a La Laja, su isla, junto a su mujer y su familia.

Llegar a tiempo

25 Feb

Elena salió del hotel como todas las mañanas, miró hacia arriba y allí donde despuntaban los rascacielos se asomaba tímido el brillante y frío sol de invierno. Era pronto pero las anchas aceras ya estaban abarrotadas de gente que iba de un lado para otro. Hacía frío, así que caminó deprisa hasta que perdió la noción del tiempo y no recordaba bien en cuál de las gigantescas avenidas se encontraba. Pronto se ubicó, se orientaba por las tiendas, con sus grandes escaparates de cristales impolutos. Parece mentira, que siendo tan poco aficionada a la moda, se guiara por los bolsos, zapatos y trajes que llevaba viendo a diario desde hacía casi ya un mes. El parque era su válvula de escape, estaba cubierto por la fina capa de nieve caída la noche anterior, la previsión para los próximos días era que cayera más. Elena nunca había visto la nieve, no hasta este viaje. Había sido la primera sorpresa agradable desde que estaba allí. Fue a un puesto de comida para llevar y volvió al banco enfrente del pequeño lago que era su rincón favorito.
Volvió caminando al hotel, pasó una fugaz tarde con Daniel, su marido, hablando de lo bien que había ido la función de la noche anterior. Daniel era actor y tenía trabajo allí para unos meses. Una obra de teatro, la adaptación de una conocida película española de los 90, doble sesión todas las noches. Estaba resultando todo un éxito. Elena se alegraba por ello, se alegraba por Daniel, pero por dentro notaba una amarga sensación sólo de pensar en quedarse allí mucho más tiempo. Había viajado hasta allí para acompañarle, mientras él pasaba gran parte de la tarde y de la noche en el teatro, y parte de las mañanas durmiendo; ella caminaba por la ciudad. A veces comían juntos.
Elena se metió en la cama sola, como casi todas las noches. Aunque el hotel tenía bastante categoría y la habitación era muy acogedora, seguía teniendo la sensación de dormir en una cama extraña. Las sábanas estaban frías, en todos los sentidos. Dio vueltas a un lado y a otro, sudó pero las sábanas seguían estando frías, estaba clarísimo, el insomnio había vuelto para acompañarla una noche más. Decidió masturbarse, intentó imaginar una situación excitante, curiosamente no pensaba mucho en Daniel cuando se lo hacía ella sola, al menos no en los últimos meses. Él era muy detallista a la hora de proporcionarla placer, pero no era el recurso visual que su mente proyectaba cuando se tocaba. Los orgasmos cada vez eran menos intensos y frecuentes, como si su energía interna estuviera debilitada. No conseguía excitarse, se quitó las bragas y apenas notó humedad entre los labios. Se metió dos dedos en la boca para humedecerlos y ayudar a deslizarlos mejor a través de su sexo. El clítoris y sus alrededores parecieron despertar del letargo, sintió ya un vívido hormigueo alrededor de toda la zona crucial, tenía los ojos cerrados y la mano izquierda acariciando su pecho por debajo de la camiseta. Friccionó el sexo con más fuerza, no conseguía arrancar, estaba desconcentrada. Abrió los ojos. Gatillazo. No era la primera vez que le pasaba. Se puso los vaqueros y una chaqueta y bajó al bar del hotel.
El ambiente era tranquilo, se sentó en la barra y pidió un Martini. Desde allí podía ver a prácticamente todo el mundo. Echaba de menos poder fumar en los bares, aunque tenía que reconocer que el olor que se respiraba era muy agradable, quizá fuera por las velas, aun así en un momento como ese echaba de menos hasta el olor a tabaco. Miró hacia la mesa de unos jóvenes trajeados que reían sin parar mientras tomaban unas copas. Se fijó también en la pareja que estaba sentada en una mesa cerca del ventanal y la mirada que cruzaron la mujer y el pianista mientras su acompañante masculino estaba en el baño. Miró hacia el cristal, y contempló la ciudad plagada de luces, vital y llena de movimiento; después se vio reflejada en el espejo de la pared. Ella parecía estar apagada.
Pidió otra copa y se sentó junto a ella un hombre moreno, de unos cuarenta y tantos, pensó. También parece triste, pensó ella. Se sorprendió al darse cuenta que hablaban el mismo idioma, empezaron entonces una conversación. Él era un cocinero español de bastante prestigio, aunque ella no sabía quién era, y había venido para participar como jurado en la fase final de un concurso televisivo sobre cocina. En España eso estaba ahora muy de moda.
Al día siguiente se encontraron en el parque, resulta que a Antonio, que así se llamaba, también le gustaba el pequeño lago cercano al puesto de perritos calientes. Quizá hubieran coincidido allí alguna que otra mañana, pero no habían reparado el uno en el otro.
-Llevo poco tiempo aquí, y sólo he salido a pasear algunas mañanas.- dijo él.
En realidad más bien pocas, ya que dormía frecuentemente por las mañanas porque también padecía de insomnio y harto de mirar al techo había empleado muchas noches en salir y acostarse con mujeres que no eran su mujer.
-¿por qué lo haces?.- preguntó ella. Aunque después de escuchar una conversación que acababa de tener por teléfono pareció comprender. Estaba hablando con su mujer como el que hace trámites con un comercial. Elena entonces pensó que quizá estuvieran aburridos de su matrimonio. Los dos.
Él se encogió de hombros. Quizá hasta ese momento no se lo había planteado. No recordaba exactamente cuanto tiempo llevaba haciéndolo, de lo que estaba seguro era de que coincidía con el momento en que la vida con Maika había empezado a ser monótona. El sexo rutinario, las discusiones eran hasta ridículas. Eso sí que lo echaba de menos, discutir de verdad. Quizá por eso seguían juntos, porque no habían tenido ninguna tempestad que capear, simplemente se habían aburrido y acomodado a la distancia, y ninguno de ellos se atrevía a dar el paso definitivo.
Esa noche volvieron a coincidir en el bar, conversaron y rieron mucho. Elena disfrutaba mucho con el sarcasmo de Antonio y se sentía cómoda al compartir las horas con alguien que no la presionara en cuanto a tomar un camino u otro en el ámbito profesional. No la gustaba sentirse presionada, aunque quizá el afán de complacer a Daniel era lo que la había arrastrado hacia allí.
Seguía despierta cuando llegó su marido esa noche. Totalmente desvelada, la encontró viendo una película. Se acurrucó junto a ella sin percibir el frío que inundaba sus sábanas desde hacía tiempo, no sabía si era la sensación de culpabilidad que tenía al dejarla sola prácticamente todo el día o era verdadero deseo lo que sentía en ese momento. Tenía confianza ciega en ella, pero la notaba distante. Distante no, ella estaba fría, aunque respondió inmediatamente al notar la erección palpitando contra su muslo. Aparcando por un rato su apatía, se tocó por dentro de las bragas para comprobar que sí, que algo excitada sí estaba. Hundió su cuerpo hábilmente entre las sábanas y desnudó a Daniel con un par de movimientos, se desprendió de las bragas y la camiseta y fue a lo seguro. La verga estaba ya dura cuando se la introdujo en la boca, sólo con un par de chupetones más se hinchó tanto que podía recorrer sus prominencias venosas con la punta de la lengua. La encantaba sentirla tan tersa, tan delicada y soberbia a la vez. Dura e imponente, pero frágil a esa escasa distancia de sus dientes. Quiso metérsela dentro enseguida, quizá para terminar pronto, no esperaba una maratoniana noche de sexo y no quería hablar con Daniel de los problemas que tenía últimamente para llegar al orgasmo. Él contraatacó luchando contra ella, volteándola y poniéndola boca arriba haciéndose valer de la fuerza. La sujetó por las caderas y comenzó a besar su cuello, lamía la piel y volvía a besarla después. Mordisqueó sus pezones hasta hacerlos endurecer y los inundó con su saliva mientras los envolvía de nuevo con un beso. Descendió por el vientre hasta llegar al sexo, introdujo dos de sus suaves dedos y dejó caer la lengua hasta el límite del vello. Ella anhelaba un buen cunnilingus, de esos de correrse y todo… pero Daniel sólo se lo hacía como un preliminar más. Quizá sólo tenía que sugerirlo, pero es que hasta eso ya le daba pereza. Se relajó e intentó disfrutar lo que pudo del momento, que no estaba nada mal. Estaba muy excitada, pero sabía que el clímax quedaba muy lejos, al menos esta noche. Quizá si no pensaba tanto… A él se le veía cómodo haciéndolo, su polla no había perdido el vigor e incluso parecía más tiesa si cabe. ¿Fingir un orgasmo? No, eso nunca lo había hecho y no se sentía capaz de hacerlo. Por fin la penetró, la embistió lentamente apretándola contra el colchón, la presión contra su cuerpo la producía un inmenso placer, sentía hasta calor, pero nada más. Él era muy hábil cuando se movía dentro de ella, la besaba mientras hacía que se riera a la vez. Él solía partirse de risa al verla así, y entonces era cuando se corría, gimió profundamente mientras hundía la cabeza en su cuello. Estaba exhausto y tardó unos segundos en salir de su interior. Se besaron y ella se dio la vuelta, fingió quedarse dormida. Eso sí podía hacerlo sin problema.
Quizá el problema estaba en su cabeza. Claro, era eso, y por eso él no tenía que darle vueltas. Para eso ya estaba ella. Daniel en realidad actuaba como si nada, no veía problema alguno, aunque para ella los días de su existencia estuvieran vacíos hasta que Antonio había aparecido en ellos. Tenía alguien con quien reír, con quien conversar y con quien pasar las horas sin sentirse a prueba. Él también era imperfecto, como ella, así que no tenían que demostrarse nada el uno al otro. Se limitaban a compartir sus ratos de aburrimiento sin esperar nada más. No se habían besado, ni siquiera se habían tocado, pero sus almas se encontraban muy próximas. No habían hablado de ello, lo habían obviado simplemente, esa noche después de cenar juntos y sentir que el final estaba cerca, casi se habían besado. Él se marchaba a España la mañana siguiente y ella vio en ese viaje su posibilidad de escapatoria. Él sólo tenía que pedírselo, ¡aunque fuera con sus ojos! ¡si lo hacía compraría ese billete de vuelta! Durante la cena, hablaron de nuevo sobre sus vidas, sobre lo que este viaje les había cambiado. Él había decidido dejar a su mujer y ella, bueno ella seguía estando perdida pero por fin sabía donde no quería estar y compró ese billete de regreso a España en cuanto llegó a la habitación del hotel. Se habían despedido con un “hasta luego” porque habían quedado en despedirse por la mañana en el hall del hotel antes de que él se marchara.
Cuando llegó a la cama se despojó violentamente de la ropa que quedó esparcida por el suelo. Se llevó dos dedos a la boca y con los mismos dedos de la otra mano se tocó el sexo. Empapado. Besó la palma de su mano como si besara la boca de otra persona. Sintió un intensó calor a través de la piel, pero más intensamente en la zona del tórax, pasó los dedos por encima de las costillas imaginando que eran las teclas de un piano imaginario. Volvió al sexo, el clítoris estaba intratable, sensible e hinchado pero anhelante de atención. Metió dos dedos dentro y al sacarlos los restregó por su botón de placer, friccionó arriba y abajo mientras doblaba las rodillas, como preparándose para recibir un sexo desconocido pero igualmente deseado dentro de ella. Imaginaba unas manos nuevas y expertas tocándola, con cautela primero pero con la seguridad que aportan los dedos ya resabiados. Acarició la fina piel de sus muslos y volvió al interior de los labios, saboreó sus jugos y volvió al clítoris, lo frotó con violencia hasta que, ¡oh! ¿era posible? Un ejército de hormigas pareció trepar por el interior de sus piernas para mordisquearle los labios del sexo y producir una brutal descarga que la inundó en una profunda ola de placer, sus piernas temblaron y parecieron quebrarse allí mismo, encima de la cama.
Esa noche ella durmió profundamente.
A la mañana siguiente se despertó con una extraña sensación de paz y excitación adolescente. Miró hacia la mesilla y vio la hora: las siete menos cinco. Habían quedado a las ocho. Tenía tiempo de sobra. Se levantó y fue a la ducha sin hacer ruido. Hizo la maleta mientras Daniel la acompañaba con sus ronquidos y cerró la puerta sólo mirando atrás por si se había dejado algo por encima. Bajó al hall y se sentó a esperar. Se vio sonriendo en el reflejo de un cristal. Se le pasó por la cabeza que a él no le entusiasmara que regresaran juntos. ¿Cuánto tiempo llevaba esperando? Miró hacia su muñeca pero no llevaba puesto el reloj. No, ella había bajado temprano, quizá fuera con la hora justa. Tragó saliva al darse cuenta de que sí llevaba bastante esperando. ¿Y si le había pasado algo? Decidió acercarse a recepción y pedir que le llamaran a la habitación a lo que recibió como respuesta:
-El Sr. de las Cañas abandonó la habitación esta mañana a las ocho en punto.-
Totalmente confundida y apunto de verse inundada por las lágrimas emprendió el camino de regreso a la habitación. Cuando entró, dejó la maleta al lado de la puerta y volvió a mirar el reloj de la mesilla, seguían siendo las siete menos cinco.

Haciendo la colada

16 Jul

“Último día de trabajo, por fin comenzaban las merecidas vacaciones. Después de echarse una pequeña siesta Elena se había puesto esa misma tarde a organizar las cosas para irse de viaje al día siguiente a ser posible. La idea era que una vez que hicieran la maleta, coger el coche rumbo al norte, a recorrer las costas de Galicia y Asturias, pero sin planes previos, todo sobre la marcha, decidiendo día a día hacia donde se encaminarían.
Había mucha ropa que lavar y ya tenía una lavadora tendida que probablemente se hubiera secado. Había otra puesta y a punto de terminar así que fue hacia la cuerda a recoger la ropa que probablemente estuviera ya seca. La terraza estaba acristalada; la parte de abajo con cristal en relieve que dejaba pasar la luz pero que sólo dejaba adivinar la silueta de lo que había al otro lado, y la parte de arriba estaba formada por ventanas con cristales completamente lisos. La ropa ya estaba seca, hacía mucho calor y estaba ya más que tiesa. La terraza daba a un gran patio de vecinos con muchas terrazas, ventanas y pequeños patios traseros. No parecía haber ningún valiente asomado, normal, hacía demasiado calor a esa hora. Ni un ruido se percibía. Hacía tanto calor que Elena se sentía incluso un poco mareada, se había olvidado incluso de Luis, que no sabía que había estado haciendo mientras ella sesteaba y ahora se acercaba lentamente hacia ella, silencioso como un gato. Se pegó a su espalda y apartó la melena para besarla en el cuello, apretó sus húmedos labios contra su piel mientras la erección crecía entre sus piernas. Elena dejó caer una pinza al patio, con la otra mano tiró la camisa hacia dentro de la terraza. Había estado apunto de dejarla caer . Sólo llevaba puesta una camiseta vieja y unas bragas, y a través de la fina tela percibió sin problemas la ausencia de ropa de Luis, y la incipiente erección. Frotó el culo contra su polla para ponerla más dura todavía. Era divertido jugar en la terraza. Siempre había fantaseado con tener sexo al aire libre y esto era lo más cerca que había estado de hacerlo así que se excitó bastante. Se rozaron y frotaron un cuerpo contra el otro, compartiendo el calor mutuo. Él humedeció los dedos de su mano derecha y los introdujo lentamente en las bragas de Elena que abrió las piernas instintivamente. Estaba empapada y respondió a la estimulación con movimientos regulares de su culo que hacían que el miembro de Luis se rozara contra las nalgas enérgicamente. Ella tendía con una mano y con la otra empezó a masturbarle, era muy hábil aunque volvió a dejar caer otro par de pinzas más al patio. Luis tuvo una idea. Arrastró a Elena hacia la lavadora e hizo que se sentara encima, ella miró a través del cristal poniéndose nerviosa pero a la vez aumentó su excitación. Abrió las piernas instintivamente al ver la polla tiesa de Luis apuntando hacia ella, pero lo que él hizo fue bajarle las bragas, agacharse frente a ella y empezar a lamer la suave carne del interior de sus muslos. Sin pensarlo ella iba subiéndose la camiseta, aunque no se atrevía a dar el paso definitivo, no creía que hubiera ningún curioso, aun así se limitaba a jugar con sus pezones mientras Luis seguía con la faena ahí abajo. Siempre había disfrutado del sexo oral, y él lo daba muy bien, a veces la daba algún mordisquito que la hacía estremecer, movió el culo sobre la encendida lavadora y cerró los ojos para dejarse ir. Había llegado ya casi al orgasmo cuando él cesó, se puso de pie, la quitó la camiseta sin darla opción a pensar y la penetró de un sólo movimiento. Debía dejarse llevar por el placer, la tensión de ser observados, el no saber si alguien miraba y el vaivén de caderas que se acompasaba con los movimientos de la lavadora que empezaba a centrifugar. Sentía la vibración en las nalgas, por toda la piel, la electricidad parecía invadir cada rincón de sus entrañas al igual que Luis estaba dentro de ella. Ya no era dueña de su cuerpo, estaba a merced del placer y de Luis que había cogido sus piernas y las había posado sobre sus hombros, bien juntas, para aumentar así la fricción y la profundidad de la penetración…”

… ¿queréis vibrar con el resto de la historia?

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Chocolate

4 May

“Le encantaban esos momentos de evasión en la cocina. Mientras el silencio inundaba la casa con su tranquila compañía, Eva había terminado de recoger la cocina y se disponía a preparar un Brownie. No era muy apasionada del chocolate pero disfrutaba mucho mientras cocinaba. Fue troceando las onzas y echándolas en el cazo con el fuego ya encendido y observando cómo se deshacían, añadió un poco de leche para que no se quemara el chocolate y comenzó a dar vueltas con las varillas. Lentamente el chocolate se fue deshaciendo y deslizándose entre las varillas, cuando adquirió la consistencia adecuada, añadió los huevos y el azúcar. Sin dejar de remover. El aroma que iba desprendiendo el chocolate al calentarse iba despertando el hambre en Eva. Mantequilla. Más cremoso todavía. Iban deshaciéndose los grumitos con el calor y mezclándose bien con el resto. Dejó las varillas un momento y fue a sacar el harina del cajón, mientas tomaba la medida exacta y sin poder evitar embadurnarse las manos de harina, se acordó de aquella escena en la cocina de esa película que tanto le gustaba. Miró de reojo la mesa y sonrió mientas se imaginaba tendida sobre ella con las manos llenas de harina y el resto del cuerpo cubierto de lengua ajena. Añadió harina y detrás la levadura, removió bien y sonrió satisfecha, ya estaba, sólo había que dejarlo reposar un poquito antes de poner los trocitos de nuez.

Imagen

Se encontraba tan ensimismada que no había reparado en que estaba siendo observada desde hacía unos minutos. Rober estaba apoyado en el quicio de la puerta, había despertado de su siesta y el aroma a chocolate le había conducido hasta la cocina. Eva no le había visto así que prefirió no hacer ruido y contemplar la vista de las nalgas de Eva apretándose dentro de la falda mientras se agachaba para coger harina del cajón. Se sacudió las manos llenas de harina dándose un pequeño azote. Rober se mordió el labio. Ella tenía el delantal bien ceñido a la cintura y los pechos parecían más erguidos de lo normal. Lo que sí estaba erguido ya era el calzoncillo de Rober, que aprisionaba una contundente erección dentro. Se frotó los ojos para comprobar si era real todo lo que veía en ese momento, o era el olor del chocolate el que había despertado ese apetito que creía ya perdido hacía tiempo. Ella notó su presencia por fin y fue removiendo la mezcla cada vez más lentamente mientras él la asía por las caderas y se pegaba a su culo para quedarse clavado entre las nalgas. Aspiró el aroma que desprendía, olfateaba y besaba a la vez suavemente su nuca. Se despegó y posó sus manos sobre las firmes nalgas a las que dio un seco azote. Ella rezongó y por un momento sintió la explosión de alegría del deseo concedido, ese instante en que supo que la esperaba una sesión de sexo salvaje. Rober volvió a pegarse al culo de Eva y agarrándola por la muñeca dominante hizo que soltara las varillas, metió después su dedo índice en la mezcla. Estaba cremosa y templada, sumergió bien el dedo y lo llevó a la boca de Eva, que succionó y lo relamió hasta que lo sacó casi limpio. Volvió a repetir la operación, pero esta vez no sacó el dedo del todo y volvió a meterlo dentro de la cálida boca de Eva, así una y otra vez. Dejó que ella se diera la vuelta y bajó la parte de arriba de su delantal. Besó su boca mientras desabrochaba los botones de la camisa y bajaba el sujetador. Sabía a chocolate caliente. Sumergió varios dedos en el chocolate y lo dejó gotear por los pechos de Eva, que para no quemarse se había incorporado y apoyado sobre la mesa en la que había fantaseado minutos antes. Lamió lentamente el chocolate derramado sobre ella, deteniéndose en los pezones que estaban duros y templados también, los imaginó como una tableta de chocolate negro a la que iba dando pequeños mordiscos…”

… ¿saldrá bien el postre?

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El congreso

10 Mar

(fragmento)

“…Javier fue el chico con el que empecé a disfrutar del sexo, había tenido relaciones sexuales con varios chicos, pero no fue hasta que él me mordió los pezones de aquella manera cuando por fin tuve un orgasmo con otra persona que no fuera yo misma. Él fue quien despertó en mí el interés por el BDSM, pero eso no lo supe hasta tiempo después de habernos separado pues la herida que dejo tardó largo tiempo en curar. Ejercía sobre mí tal poder que yo no tenía ni voz ni voto en esa relación pero la satisfacción sexual que me producía era tal, que no fui capaz de ver el abismo al que me acercaba. Así estuve durante tres años en los que a pesar de como acabó todo, yo fui muy feliz. Nos conocimos por casualidad, cuando yo me formaba en un pequeño hospital de provincias donde casi todo el mundo se conoce. Las primeras relaciones sexuales ya fueron diferentes al resto que yo había tenido; le gustaba dominar la situación y yo estaba encantada de no tener que llevar las riendas siempre. Empezó pidiéndome que me recogiera el pelo en una coleta bien prieta con la excusa de ver bien mi cara mientras se la chupaba, ése era el único instante en el que yo tenía la sensación de poder, tan pequeño como la distancia que separaba mis dientes de la piel que envolvía su miembro. Me gustaba verlo desvanecerse mientras estaba dentro de mi boca. Siempre me había gustado que me penetraran como a una perra, pero Javier lo hacía diferente, no sé si era el grosor de su miembro o la seguridad con que me penetraba. Me la clavaba como un poste al terroso suelo, pero no me causó rechazo ese dolor, lo encontré agradable y enseguida pedí más. Después vinieron los azotes, ¡qué cachonda me ponía! Aunque si tengo que elegir, prefiero la fusta que usa Raúl, mi marido. Javier me tenía atada de tal manera que no podía ni quería huir; las cuerdas vinieron después, pero eso ya fue con un marinero que conocí un verano, que para eso entendía de nudos y volví de aquellas vacaciones hecha una experta yo también. Cuando me hube repuesto de la ruptura con Javier, volví a las relaciones insípidas y entonces supe que lo que me hacía sentirme satisfecha era la sensación de dominación que, jamás volvería a permitir que se trasladara al resto de campos en mi vida, esa lección la había aprendido bien.

Volví a mirar al chico que se parecía a Javier cuando comenzó la ronda de preguntas, yo estaba húmeda por los recuerdos que había evocado, notaba el flujo correr por mis muslos. Por un momento sentí temor de que superara el límite de mi falda y llegara hasta las rodillas, me dio miedo levantarme pero tenía tantas ganas de ver a Raúl y estaba tan cachonda que no pensaba en otra cosa que en ir al baño y hacerme una foto íntima para mandársela. Él vendría ésa noche a verme, el final del congreso prometía ser al menos no tan aburrido como lo estaba siendo. ¿Qué sorpresa me tendría preparada? Como vendría en tren no tendría problema para traer algunos de nuestros “juguetes”. Salí despavorida del salón, el camino hasta el baño lo hice casi volando pero fue en vano porque ya estaba lleno. Decidí buscar otro baño en el piso de arriba con la esperanza de que estuviera vacío, tenía la sensación de que alguien me seguía pero no miré hacia atrás; me dolían los pezones y los pies, pero sobre todo me dolía el hinchado coño que se estremecía con el roce del tanga según subía los peldaños. Si encontraba un baño vacío me masturbaría allí mismo. Por fin llegué. Aunque estaba vacío me metí dentro de uno de los urinarios pero no cerré la puerta, me remangué la falda y llevé mi mano hasta el enrojecido sexo, estaba hinchado y húmedo, metí dos dedos dentro y los saboreé. Saqué el móvil y le hice una foto, un primer plano que mostraba mi mejor sonrisa…”

… ¿quieres saber cómo continúa?

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Stella W.

18 Feb

“A Eric ya no le dolían las muñecas, tenía todavía las marcas de las ataduras, pero ya no le dolían. Hacía días que lo habían liberado y lo dejaban campar a sus anchas por la cubierta del barco pero seguía siendo un prisionero. Habían asaltado su barco y robado todo el cargamento, las especias, las telas, los víveres. Nadie había sobrevivido, nadie excepto él. Había luchado hasta la extenuación. Y él, formado en el arte de la esgrima desde que era un crío, tuvo que rendirse ante Stella W., una leyenda de los mares bravíos que surcaba día tras día desde hacía años. Y era leyenda para él, precisamente porque había oído hablar sobre ella y su decrépito barco tripulado exclusivamente por mujeres, pero nunca lo había visto. Nunca se había sentido atemorizado por la idea de ser asaltado por mujeres pirata. Había perdido cargamentos con los que comerciar, había perdido hombres en la batalla; pero nunca, nunca, había perdido su honor. Había perdido hasta su barco, pero lo que más le dolía era que ella le había perdonado la vida, pudiendo haberlo atravesado con su espada, le había mirado a los ojos y envainó la espada dándole la espalda, y lo peor era que él no había sido capaz ni de intentar golpearla. No sabía por qué pero se había sentido dominado por esa mujer desde el primer momento, se sentía humillado. Había luchado contra él como una fiera, utilizando sólo la mano derecha, la de la espada. La izquierda estaba enguantada. Si la leyenda era cierta, debajo de ese guante había un garfio de acero.

No hablaba con las chicas, procuraba pasar desapercibido, sólo se limitaba a darle las gracias a Ellen cuando le traía algo para comer. La comida era sabrosa, mucho más que la que saboreaba en su barco, pero no era capaz de apreciarlo. Tenía tal nudo en la garganta que la comida le sabía a la madera del plato. Si cerraba los ojos era capaz de percibir el olor del azafrán que había sido robado, le disgustaba ese olor, pero era uno de los olores peculiares de su barco, le hacían sentirse como en casa, así que en ese momento le produjo una sensación agradable. Pero lo que más le hacía sentirse bien era ir a la proa del gran barco y aspirar el olor salado del mar, ese manotazo de humedad salina que le golpeaba la cara con cada embestida de la quilla contra las olas. Por las noches dormía acurrucado en una maraña de velas viejas y rotas, envuelto en ese olor que le hacía sentirse vivo cada día.

No sabía cuánto duraría la travesía ni hacia donde se dirigían las chicas, suponía que navegaban hacia algún puerto clandestino donde comerciar con la mercancía robada. Tampoco se había planteado qué harían con él. Las ampollas de las manos estaban ya casi curadas gracias al vinagre y los vendajes que le proporcionaba Ellen cada mañana. Supuso que era la cocinera, por el olor a fogón y a pescado crudo que desprendía. Estaba tuerta y tenía unas manos ásperas y grandes, pero tenía una sonrisa bonita. Se sentía tranquilo cuando ella se acercaba.

En cambio Stella le inquietaba. Siempre la veía en la distancia. Solía estar en el timón o caminando por la cubierta pero no se acercaba mucho donde él estaba. Por las mañanas, cuando se despertaba y la erección de su miembro era lo primero que le hacía tener conciencia de sí mismo, incluso antes que la quemazón que tenía en las palmas de las manos cicatrizando, solía verla en la torre de vigía mirando hacia el horizonte. A veces la sorprendía mirándole fijamente, le sostenía la mirada igual que el día que le perdonó la vida, su erección se intensificaba y notaba su miembro erguido y tieso como el mástil central de aquel barco sobre el que ella estaba posada, y entonces deseaba que ella también se deslizara a través de su mástil. Metía la mano dentro de sus pantalones, ansioso por tocarse, desesperado, pero las manos le ardían y el dolor hacía que el deseo que sentía fuera una tortura para él. De nuevo el cañón había perdido la mecha aun estando cargado de pólvora.

Una mañana Ellen no le trajo vendas ni vinagre, sólo las gachas del desayuno. Sus manos estaban curadas. Se acercó Stella al rincón de las velas viejas, donde él descansaba. Nunca la había vuelto a tener tan cerca como el día en que sólo les separaba la longitud de la espada. Le ponía nervioso, la deseaba y se sentía contrariado por ello ya que no era bonita precisamente, y probablemente estuviera tullida. Cuando estaba en tierra se movía por las mismas calles que las ratas, por las tabernas más oscuras y mugrientas. Estaba sugestionado por esa imagen que había creado en su mente, aunque, en realidad no había visto nada de ella. Lo que sí había visto era una esbelta joven, capitanear una jauría de lobas de mar, ágil en la lucha, templada y valiente que además lo había humillado perdonándole la vida.

-Ésta noche dormirás en mi camarote.-dijo. Y se dio la vuelta y desapareció como un rayo.

Agradeció el baño al que fue invitado, agua caliente para limpiar la mugre que ya lo cubría y hacía que su ropa se pegara a él como una segunda capa de piel. Le dieron prendas limpias y le hicieron pasar al camarote.

-Siéntate encima de la cama-. Dijo ella. Y él obedeció.

Ella estaba sentada estudiando mapas en la mesa, concentrada, él se sentía ignorado, pero no se atrevía a mediar palabra. Estaba excitado y aunque no se atreviera a mirarla directamente se sentía observado y sabía que de vez en cuando ella lo miraba. Entonces se levantó, caminó decidida hasta que estuvo frente a Eric que levantó la mirada para contemplarla. Sintió el mástil erguido y la vela desplegada. Ella era preciosa. Desató los cordones del corsé que oprimía sus pechos y se quitó la blusa, bajó sus pantalones y se quedó frente a él completamente desnuda. Entonces vio el garfio. Era verdad. Brillante y de punta amenazadora, amarrado con cuero al muñón de su muñeca izquierda. Sólo estaba cubierta por un pañuelo negro en la cabeza que dejaba al viento una preciosa melena negra azabache. Los pechos turgentes apuntaban directamente a los ojos de Eric que quería devorarlos de un solo bocado. Ella se sentó a horcajadas sobre él y le rodeó la nuca con sus suaves brazos, olía a limón, hundió la cara entre sus cabellos para aspirar el olor de aquella mujer que se restregaba contra su miembro. Se besaron, se saborearon mutuamente mientras ella le iba quitando la ropa con los dientes. Le tumbó sobre la cama y recorrió con el garfio el miembro de Eric que se estremeció con el tacto frío del metal, lo iba alternando con el calor de su boca, lo chupaba y succionaba y lo envolvía entero con la lengua y después volvía a acariciarlo con su apéndice de acero…”

…piratas, garfios…. y mucho más
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